3/12/2009

El Word no enseña a escribir

Lo digo y lo sostengo —sin mucha fuerza porque es liviano—: EL WORD NO ENSEÑA A ESCRIBIR. Ustedes estarán pensando, ¿pero qué pasó, de qué va esto? Y es que no es nada del otro mundo, sólo que estoy cansado de que la gente crea que el Word enseña a escribir.

El Word en cualquiera de sus presentaciones, más que todo en las que tienen licencia —es decir, no tanto el del Open Office—, es una excelente herramienta para los que se decidieron a juntar cinco neuronas y escribir tres párrafos llenos de errores de redacción, ortográficos, tipográficos y, en la mayoría de ellos, psicológicos. La maravilla de esta herramienta es que no hay que saberse las reglas ortográficas de nuestro hermoso y, cada vez más deteriorado, idioma, ya que el Word automáticamente te corrige si escribes mal alguna palabra. Verbigracia si se escribe «exito», Word lo corrige tan rápidamente por «éxito» que el que escribe no alcanza a notar que escribir «exito» fue un error. Sí, esto de la corrección automática es útil y práctico, yo no digo que no lo sea, siempre y cuando se conozca el lenguaje en cuestión; todos podemos equivocarnos y enviar el dedo a la tecla equivocada.

El problema es que, repito, WORD NO ENSEÑA A ESCRIBIR. En nuestro idioma hay palabras que suenan igual, pero por su forma de escribirse tienen distintos significados, las conocidas palabras homófonas. Así que «vaya» suena igual que «baya» y que «valla», pero ni el aviso publicitario, ni el arbusto de frutos, tienen algo que ver con la orden de ir hacia algún lugar —a menos que se diga «vaya hacia la baya que está al lado de la valla»—. Así tenemos a muchísima gente que nunca ha leído nada en su vida —cuando digo nada, me refiero a que en el mejor de los casos leen a sus iletrados amigos por messenger— y se disponen a escribir, hilando sus cinco neuronas, un par de párrafos. ¿Habrase visto alguna vez tantos errores ortográficos juntos? Hace poco tuve la extraña sensación de leer, vía facebook, la palabra «haci», queriéndose referir a «así»: tres errores ortográficos en una palabra que realmente tiene sólo tres letras me parece más estulticia que ignorancia. A este individuo el Word lo hubiera corregido, ya que «haci» es una de las palabras que se marcan como errores pero no se corrigen automáticamente. Aunque, no nos hagamos tantas esperanzas, es posible que el caballero en cuestión pensara que se trataba de un sustantivo y lo corrigiera como «Haci».

Ya está claro: el Word enseña tanto a escribir como la televisión nos hace crecer llenos de valores, exactamente igual. Ahora, sabiendo eso, ¿por qué la gente se empeña en escribir y escribir sin antes tomar un libro —o leerlo, en todo caso— y, como mínimo, tener una referencia literaria? Ya basta con eso, por favor. El lenguaje escrito es una copia del lenguaje oral y aunque yo conozca mucha gente que hablan mal pero tienen buenas ideas, el sólo hecho de oirlos hablar de esa manera, me desanima, me estresa y, con mi personalidad neurótica, me dedico a corregirle mentalmente los errores —no confundir con «corregirle los errores mentales»—. Por mi parte, estoy muy orgulloso de no cometer tantos errores como antes y poder decir a viva voz: ¡ke biban los ortográfia!

Daniel.

2/12/2009

Entrada con un año de retraso

Cada que viajo, procuro prestar toda la atención antes de sacar mi cámara y tomar dos o tres fotos, que con seguridad veré acompañado y alguna me sorprenderá por no recordar haberla tomado. Desde hace un año que me vengo diciendo que debo escribir acerca de la primera vez que conocí a Buenos Aires, en vez de guardarlo solamente para mí, así que aquí voy. Disculpas pido de antemano si falta claridad en los hechos, si mi viaje se hace estrecho, si me toma por las malas el recuerdo que no fue, si queriendo me despido y envejezco sin querer, si no alcanzan las palabras, el cigarro o el café.

Pisé el cielo de San Telmo, mordí de la Boca sus bragas —en la Bombonera dejé las pocas muchas agallas que le faltan a mi infierno—, mi reloj explotó en Palermo y perdí tres mil batallas. No me monté en el subte ni tome fotos de él, pero sí tangos canté frente a la foto de Gardel. Por la 9 de Julio olvidé la costumbre de regalar carcajadas y en Corrientes, a las patadas, reviví los sueños más lindos, hacer de escribir un oficio, con nicotina y cebada.

Las mentiras aprendí viendo la Casa Rosada, me senté en la desolada banca de Plaza de Mayo y vi cómo fueron los años llevándose por los caños al granero del mundo, mientras los argentinos en un sueño profundo seguían comiendo asado, tomando vino y puteando al destino —o da lo mismo: al presidente de turno—.

¿Y de Cortázar, y de Quino, y de Piazzolla? Constaté que hay que ser piola para ser bien recordado, los amores del pasado no vuelven si sigue el duelo, el amor no viene del quiero —vacío, con sabor a nada—, con humor se llena el alma, se tiran mejor los dados, se renuevan los cansados deseos de seguir vivos, sin reyes y sin castillos suena mejor «te amo».

Hace un año pasó todo y yo sigo recordando, como si pintara borrando,
que lloré en Plaza Dorrego viendo bailar un buen tango. Creo que no olvidaré que en Buenos Aires amé a las morochas de paso, las que cambiaban de un tajo corazones por salvamés. Me asusté al ver cómo pasaban las becarias con los artistas, y llevé de la mano turistas que no entendían una mierda, que se conmovían de Evita y su revolución de izquierda y creyendo en el castellano mezquino, no aprendieron tres palabras del buen lunfardo argentino.

Y yo alargando las noches, tirándome de los coches, vomitando los escritos, regando por Buenos Aires los amores malditos que me matan a reproches. Y yo haciéndome el vivo, el que todo lo ha vivido, el que si no gana empata y al que nada le ha dolido. Y yo sin cerrar este texto y mucho menos el viaje que ha agrandado mi equipaje eliminando pretextos, quitándole miedo al miedo de querer por no querer, guardando las viejas fotos, colándome entre los locos, siendo uno de los pocos que aman sin merecer, haciéndome mi suerte, burlándome de la muerte, recordando sus pisadas por si no la vuelvo a ver. 


Daniel.

28/10/2009

Hubo un tiempo...

Hubo un tiempo en el que solía creer en cuentos con finales felices, con buenos que vencían malos y conquistaban princesas y no perdían el tiempo y no morían en vano. Hubo un tiempo en el que solía creer en la honestidad de las miradas en los bares, en los «te amo» con tufo a vino tinto, en los besos de mañana —qué buen detalle—, en que la resaca daba sólo los domingos. Hubo un tiempo en el que solía creer en las escondidas, en juegos, en besos robados, en miradas furtivas, en la hora del té e irse a la cama. Hubo un tiempo en el que solía creer en los desencuentros casuales, en las llamadas perdidas, en los amores a perpetuidad, en los finales con segundas partes. Hubo un tiempo en el que solía creer en el olor del whiskey, en los escritos que no van a ningún sitio, en las cenizas en ayunas. Hubo un tiempo en el que solía creer en besos comprados, en tiempos invertidos en relación a felicidades logradas, en tiquetes de entrada y de salida. Hubo un tiempo en el que solía creer en el Carpe Diem, en el dar sin recibir, en la realización del ser.

Ahora parece que hay un tiempo en el que creo en cuentos con felicidades logradas, con buenos que vencen resacas y princesas con miradas furtivas. En llamadas casuales y desencuentros a perpetuidad y segundas partes con vino tinto e irse a la cama. En el Carpe del ser, en el Diem con besos de mañana. En tiquetes robados y amores de entrada y de salida. En los juegos sin ceniza y en los escritos en ayunas.

Daniel.

15/10/2009

Dr. Corazón... Sobre seguir el protocólo del cortejo (o no)

¿No les ha pasado que están con su próxima pareja —que aún no sabe que lo será— y no saben concretamente si decir lo que están pensando? Porque, no nos mintamos, uno tiene demasiados pensamientos aleatorios que se contradicen aún mostrando lo que realmente se piensa, pensamientos que a veces no tienen sentido y que, incluso, llegan a cambiar de súbito el estado de ánimo. Por lo menos a mí me pasa todo el tiempo, incluso cuando no tengo la presión de tener que decir lo «correcto».

Así sucede cuando estoy con alguien, si empiezo a pensar en decirle que deberíamos irnos a bailar, termino diciéndole que qué jodida esa cicatriz que tiene, o de qué forma ridícula se ha popularizado el Facebook y por qué mi mala memoria afecta a las relaciones que tengo. Cosas que normalmente pasan en una conversación cualquiera, pero no en una primera conversación de la que depende nuestro éxito o fracaso rotundo con la/el especímen  —aunque en nuestro caso, el especímen siempre termina siendo uno mismo—. De modo que habrá que ponerse a analizar qué ventajas tiene seguir el protocólo del cortejo, contemplando cautelosamente las posibilidades que hay en caso de que el cortejo sea exitoso.

No voy a hablar de las conversaciones normales que se dan entre la gente común y corriente y que, con gran frecuencia, terminan en la cama. Voy a hablar, en cambio, de aquellas conversaciones que no tienen ni pies ni cabeza, de esas conversaciones tan complicadas que uno tiene que hacer una pregunta para saber si la otra persona aún se encuentra en la misma órbita que uno, de esas conversaciones en las que uno no sabe siquiera cómo terminarlas. Yo no soy muy devoto de este tipo de gente a la que hay que sacarle las palabras, pero confieso que en algún par de ocasiones no he tenido más remedio que entablar una especie de monólogo con ping (mis amigos informáticos sabrán de lo que hablo), sólo para terminar diez veces más aburrido y sin ganas de nada.

¿Qué nos dice el protocolo del cortejo? En primer lugar no hay que ser egocéntrico, pero tampoco sumiso; hay que tener carácter, pero ser dócil; hay que tener un buen sentido del humor, pero no ser un payaso; hay que contar un par de cosas interesantes, pero no ser un profesor; hay que saber escuchar, pero tampoco ser mudo; hay que ser romántico, pero no ser empalagoso; hay que ser intrigante, pero no ser un misterio; hay que ser enterado de la tecnología, pero no un nerd; hay que tener facebook, pero no usarlo; hay que ser caballero, pero no hacerla sentir inútil; hay que invitarla, pero dejar que pague lo que quiera; entre muchas otras cosas. En segundo lugar, en caso de que uno haya practicado a cabalidad estas normas básicas y que éstas hayan dado resultado —lo cual no sucede en un 85% de las veces—, la pareja aún no va a saber cómo es uno, ya que uno se ha ceñido al protocólo del cortejo inhabilitando que la espontaneidad fluya. De modo que no va a pasar mucho tiempo para que todo el trabajo se venga al suelo; aunque tal vez haya habido un buen sexo de por medio... al menos uno.

Claro que somos varios los que preferimos no seguir ningún protocólo y ahorrarnos los comentarios fáciles y rápidos que van interviniendo en dicho protocólo y que la mujer ya se debe saber de memoria. De modo que vamos por el mundo siendo un poco menos comúnes, bastante espontáneos, poco asimilables, tercos a más no poder y, en algunas ocasiones, un disparo de sinceridad en el oído ajeno. Uno puede ser más feliz de esta manera, digo sin seguir ningún protocólo, y aunque tal vez de esta forma se consigan menos mujeres que lo quieran llevar a la cama, las que se consiguen son de calidad Mega Premium.

Daniel.

29/09/2009

Dr. Corazón... Líos de faldas

Mi día había comenzado perfectamente normal, es decir bastante diferente al resto —de la gente—. Ya estaba bañado y preparándome el desayuno cuando llamaron al portero de mi casa. No contesté porque por esta calle siempre es lo mismo: alguien pidiendo plata, un testigo de Jehová o una vecina que olvidó sus llaves. No contesté porque, si bien me parecería bueno llegar a conocer a mis vecinos algún día, el día estaba muy frío y no tenía ganas de verme comprometido a salir una vez quien fuera que estuviera llamando supiera que estaba en casa. Nuevamente llamaron a mi puerta y fue inevitable contestar, ya no por curiosidad sino por detener ese fastidioso pitido que tiene mi portero (léase citófono o teléfono de citas... no, eso último no).

Después de ofrecerle un café a Esteban, me contó que no sabía qué hacer y no tenía a quién más buscar. Casi le pego, en serio. A mí que me tomen por primera opción o que no me tomen directamente, ¿pero cómo es eso de que no tenía a quién más buscar? Es que cuando a uno lo buscan lo deberían hacer sentir como la primera opción, como la quintaesencia de la sabiduría, como a la última Coca-Cola del desierto, como el trapito que más limpia; todo a la vez. Estiven —o Esteban o Esneider, ustedes díganle como quieran que yo tampoco me acuerdo demasiado bien de los nombres. De hecho, aún no sé bien cómo se llama, sé que empieza por E—, me contó que andaba metido en un lío de faldas y yo le aconsejé que las pagara para evitar problemas. Luego me contó que no se trataba de las prendas de vestir mayormente para mujeres, sino más bien de unas mujeres que había desvestido mayormente prendido.

La primera de las mujeres que se fijó en Esdrubal se llama, creo, Marcela. Y resulta que llevaban saliendo durante tres meses cuando este caballero se enamoró de su prima —de la prima de Marcela— y ella, que se llama Claudia creo, lo intentó conquistar, rectifico: lo logró conquistar, fácilmente; al parecer el mal gusto viene de familia. Según Ezequiel, Las cosas entre Marcela y su prima fueron muy bien manejadas para evitar problemas, precisamente por Marcela y su prima, ya que Esneider se mantenía manejado por ambas. Eran muy distintas, mientras una le pedía que la llevara al Centro Comercial y le comprara la ropa más fina, la otra sólo le pedía ropa más fina que la que le compraba a la una. Fueron días duros, dice el mismo Ernesto, la plata no le alcanzaba para nada, ni siquiera para los pasajes hasta la casa de ellas, que vivían juntas, y muchas veces tampoco le alcanzaba para ir al trabajo.

Ahora, sin trabajo, tomando un café en mi comedor, me contó cómo sus dos mujeres lo van despreciando por otros tipos que sí tienen trabajo y él no entiende por qué no le reconocen todo lo que él hizo por ellas, aunque sea con un recibo de caja. Yo le digo que no se preocupe, que mejor con efectivo. Finalmente, Emilio, salió de mi casa, un poco enojado por no tener aún solución a su problema. Creía fehacientemente que sus dos mujeres no eran interesadas, sino amorosas. Tanto amor no lo podían guardar para él solo, así que se empeñaban en no desperdiciarlo para ellas solas. Yo le dije que eran promiscuas y él me respondió que no, que eran primas; al parecer, no me entendió.

En todo caso, yo no recomiendo meterse en líos de faldas: yo opto por llevar una vida relajada. Esto le puede parecer a mucha gente contradictorio, pero no lo es. Si satisfacer a una sola mujer es tan difícil—sin decir que es imposible—, complacer a dos es realmente imposible; ejemplo de esto es que no se puede complacer simultáneamente a una hija y a la esposa, o a la madre y a la novia. Algunos recomendarían que para llevar una vida más relajada basta con no tener ninguna mujer, otros recomendarían, misóginos, que ante la soledad de una vida relajada es mejor comprar un perro. Pero ya sabemos todos los problemas que acarrea el estar soltero, entre ellos no saber qué día de la semana es o no tener noción de lo que es enojarse, desenojarse, alegrarse, entristecerse, arrepentirse, esperanzarse, contentarse, sosegarse, encolerizarse, apaciguarse, renegarse y vanagloriarse, todo en treinta segundos.

Daniel.

28/09/2009

De las rutinas de espera

De nuevo atravieso a nado la terminal de buses. Ahogándome de tedio la cruzo de lado a lado. Imagino cómo soy el que es esperado en algún punto o el que por coincidencia se encuentra con un viejo amigo. Pido una taza de café con la esperanza intacta y la imagen de ella finamente colocada por dentro de mis lentes. Comienzo la inoficiosa rutina de la espera: reviso a quiénes tengo al lado, me rasco la cabeza, me acaricio el mentón, dejo de mirar a la gente y comienzo a imaginarme una escena —a veces soy el héroe y otras el villano; a veces soy el espectador y otras el protagonista—. Después de un rato las ideas se me mezclan y pierdo la poca objetividad y me digo que esto debería escribirlo en el blog en vez de simplemente pensarlo y que sería bueno que dejara de divagar tanto sobre cualquier cosa mientras espero porque lo mejor sería comprarme una revista aunque realmente lo mejor sería sentarme frente al monitor para nuevamente quedar en blanco y salir otro día a la terminal de buses para volver a pensar que seriamente me debería tomar el trabajo de escribir lo que pienso cuando no tengo nada qué hacer y que quede registrado en algún sitio además de mi cabeza... bien.

El café siempre aparece, con la joven que atiende y que pone una falsa sonrisa sólo cuando te entrega el café y la cuenta, después de repetir tres veces la rutina de la espera. Aún faltan cuarenta minutos para emprender el viaje; el viaje que significa estar vivo, que significa tener hambre de besos, que significa endulzar una canción. Es muy curioso cómo los primeros treinticinco minutos se van volando sólo para que los cinco restantes tarden una eternidad en pasar. De nuevo aparece la ansiedad y voy a pagar directamente a la caja para que el bus no me deje, llevándose con él el viaje que ya había comenzado a emprender.

Siempre olvido el número del asiento para huirle a la monotonía de sentarme donde me toca, aunque luego me hagan mover hasta el asiento que me corresponde. Nuevamente, después de haber salido a nado de esa gran terminal y estar en el barco que me llevará al nuevo continente, comienzo con la rutina de la espera y me digo que ya falta mucho menos que antes para verla y para decirle cualquier cosa y verla reír y tomarnos un café y dejar de pensar para comenzar a sentir y encontrar en nosotros lo que busco y busqué. Tal vez le demos forma a lo que he buscado, tal vez nunca la tuvo, tal vez no se la quise dar; aún no lo sé.

Una forma de saber lo que uno busca es saber qué es lo que no busca y ahí, podríamos decir, que tengo cierta experiencia: yo no busco pasiones bajitas, ni amores de primavera, ni puntos suspensivos, ni mentiras por no callar, ni silencios en mi guitarra, ni pañuelos sin lágrimas, ni desencontrarla los lunes, ni ansiedad prepagada, ni contratos matrimoniales, ni alergias al contacto, ni sexo premeditado, ni compañía sorda, ni amigos mudos, ni conciencia ciega, ni justicia coja. Ya falta poco para llegar al nuevo continente y cambiar la historia. Ya falta poco para atravesar a nado otra terminal y ahogarme de tedio si, por coincidencia, no me la encuentro.

Daniel.

26/08/2009

Un montón de miedos

Él, muy él mientras la mira en la distancia; él, muy ajeno mientras se mira en el espejo y piensa; él, muy él decidiendo escribirle a ella, muy ella, que sin él saberlo ha decidido esperarlo. Ella, muy ella mientras se deja invitar a mundos inhabitados, a castillos sin sirvientes, a casas sin puertas ni ventanas, a paraísos de piedra y cartón; ella, muy ella mientras lo piensa y se translada cuatrocientos, o cuatro mil, kilómetros para tocarle la punta de la nariz; ella, muy ella cuando por entre las comisuras de los labios, lo siente besarla. Así que él, muy él, toma papel y su bolígrafo y, dispuesto a invitarla a su vida le confiensa sus miedos mientras la tutea, escribiendo:
«¿Y qué pasa si te digo que necesito tu complicidad de las tardes?, ¿que para mantenerme atado a tus vuelos necesito de tus noches y los secretos que me confías después de hacer el amor?, ¿qué pasaría si doy el salto hacia tí de una vez por todas y tú lo aceptas?, ¿qué sería de nosotros si —de todos modos— no lo intentara?
El miedo es mutuo y también el deseo, el deseo de estar juntos, o de simplemente estar. Me llevas a un estado en el que disfruto estar, parece que en este estado habito desde que creaste el universo con tu risa y con él las colonias y los escritores que nos escribieron en todos los libros de la historia. Murguerita, ahora no sé qué pasaría si te digo que necesito de tu complicidad, de tus secretos, de la calidez de tus besos y de tu risa ¡Ah!, y sí que necesito de tu risa. Tu risa que, en resumen, eres tú y tus ganas de seguir a mi lado, eres tú y tus ganas de creerme, tus ganas de creer esto que nos pasa hoy.
No sé cómo decirte tantas cosas y, en parte o a veces, es porque no soy de fiar para tí y por eso hoy me rasco la cabeza y me siento hasta las seis de la mañana escribiéndote y esperándote en la salita de mi casa. Tal vez la vida me de un empujón y logres creerme para que todas estas palabras tengan sentido y para que tu compañía le de una tregua a mi salud y a mis ojeras».
Ella, muy él, lee y relee la carta donde la tutean y le confiensan un montón de miedos. Él, muy ella, se impacienta y el tiempo pasa lento, pero él, muy él, no sabe aprovecharlo de otra manera que pensándola y siendo feliz por los dos. Ellos, muy ellos y con sus dudas y con sus deseos de iniciar aventuras, historias y cuentos; ellos, muy ellos, perdiéndose en las letras y en la caricaturezca situación en la que la vida transcurre; ellos, muy ellos sin él, muy ellos sin ella; ellos, muy ellos, jugando a ser felices, mientras el frío les pasa de lado.

Daniel.

1/08/2009

De 22, de 50

Hoy me siento de 22 años por primera vez en mucho tiempo y tengo miedo y tengo energías y tengo dudas de hacia dónde voy. Hoy me siento de 22 años y lo triste de ser tan joven es que cuando encuentras una mujer y la amas de verdad, no le puedes expresar lo que realmente sientes, porque uno no comienza a escribir poesía cuando se enamora, así como tampoco comienza a ser sincero en las despedidas; uno es un proceso que gira, que va y regresa sin dirección aparente. Hoy me siento de 22 años y siento que no puedo escribir que la necesito de la manera en que realmente la necesito para que ella me llame y me diga que va a seguir desordenando mi vida en esa forma excepcional.

Las palabras de amor, las que se conocen, las he repetido una y otra vez encontrándolas maravillosas, tan precisas; pero hoy me saben rancias, no por haberse fermentado en la espera, sino por haber sido dichas por mí en otras ocasiones. Hoy me siento de 22 años y quiero que todo sea nuevo, que cuando te estreche la mano o te diga que te preparé el desayuno, suene a promesa; pero no sé cómo hacerlo, porque estoy joven y tengo dudas acerca de lo que podamos sentir.

Todo hace parte del mismo juego, y tú y yo estamos en él, y sólo hace falta una mirada para voltearme el mundo y rejuvenecernos y tirarnos en el sofá y hacer el amor en la hierba y reírnos hasta llorar y dejarnos. Tengo 22 años y tengo el mundo por delante, aunque piense por unos segundos que lo tengo por detrás, que todo lo he vivido, que nada nuevo va a cambiarme y ahora es que me siento de 50 años, recordando y echándote de menos, extrañando mis hijos, mis amigos, la nostalgia de lo que aún no conozco, mientras termino de escribir esto para ir a abrazarlos a todos. Lo bueno de sentirse viejo es que de repente todo es demasiado nuevo y no da miedo decirte te amo o escondámonos o juguemos a que no te conozco. Cuando te sientes viejo, siempre encuentras las palabras precisas que sirven como consejos tanto como caricias y nunca ofendes a nadie y todo estará bien en cinco minutos.

Daniel.

1/06/2009

Amores precoces

Ya comenzaba a oscurecer y se podía decir que era un viernes tranquilo en el corazón del barrio Chapinero, de la ciudad de Bogotá. En medio de la plaza de Lourdes un grupo de gente se arremolinaba para atender a los cuenteros, quienes a su vez esperaban a tener un numeroso público para dar comienzo a su función.

— ¿No ves? Uno siempre está buscando algo que ya tiene; mira esa gente, viene a buscar historias ajenas para que les recuerden las propias: qué ridículo —decía Juan Carlos, mientras caminaba al lado de Ivana por el lado de la plaza—. Siempre he pensado, flaca, que uno o viene a cuenteros o vive sus propias historias, no se pueden hacer las dos —Ivana continuaba caminando al lado de Juan Carlos, sin prestarle demasiada atención. Al lado de la iglesia de Lourdes, estaba la habitual patrulla policial—. Flaca, vamos mejor para el Gato que aquí me siento como un niño en una guardería, no falta sino que estos tombos nos pidan la cédula.

Ivana había pasado de prestarle poca atención a directamente no prestársela de ningún modo, en vez de eso miraba los intentos del cuentero por llamar la atención del público. Finalmente, Juan Carlos le agarró el brazo y ella salió de su ensimismamiento.

— Flaca, ¿vamos al Gato o no?
— No sé, Juan, hasta tan allá no creo que vaya. Si quieres nos quedamos por acá cerca un rato, yo igual viajo a las nueve.
— Como sea, pero vámonos lejos de estos policías que ya me están mirando con ganas; no faltaba sino que fueran maricas.
— Tú quédate tranquilo, Juan, de todos modos no tienen tan mal gusto.
— Já, já.

Dentro de una bolsa blanca, en un intento fallido de camuflaje, se encontraba la media botella de Ron Viejo de Caldas. Ivana estaba sentada encima de una de sus piernas en una banca de la plaza, al lado de Juan Carlos. Seguía sin prestarle demasiada atención a sus palabras, a sus gestos, a sus risas espontáneas, pero aburridas. Mientras él le contaba algo acerca de cómo escribir a mano era mucho mejor que en el computador, ella escribía —disimuladamente— un mensaje en su celular.

— ¿Así estoy de aburrido? —dijo Juan Carlos sin obtener respuesta— Ya vuelvo.

Juan Carlos se paró de la banca y sacó un cigarrillo, después de rebuscar su encendedor por todas partes, se acercó a un grupo de jóvenes que habían estado en cuenteros. Cuando volvió dijo: «seguro que esas no tienen vida, flaca». «Seguro, Juancho», Ivana ya había terminado de escribir el mensaje y había leído justo la respuesta que necesitaba para cambiar su semblante.

Desde que Juan Carlos había conocido a Ivana, habían transcurrido exactamente seis años y tres meses, fecha en que había terminado con Hanna. Ese día, Juan Carlos, había ido por primera vez a un bar llamado El Gato, Ivana era amiga de la dueña y estaba en la barra cuando él se le acercó buscando un encendedor, «perdón, es que se me acabó de perder». Ese día en El Gato, Juan Carlos confundió treinta y seis veces a Ivana con Hanna; ese día, Ivana se fumó treinta y seis cigarrillos; ese día, Juan Carlos perdió la guerra con Ivana sin siquiera pelearla; con el tiempo se volvieron amigos por inercia, por no estar solos.

— Vamos por las cosas, flaca, ya va siendo hora —dijo apretándole suavemente el muslo a Ivana—.

En el bus rumbo a Medellín, Ivana pensaba en Camilo, en Juan Carlos, en el aviso de «prohibido fumar», en los cuenteros de la plaza de Lourdes, pero sobretodo en Camilo. Por su cabeza pasaban frases cliché de bienvenida, frases con motivos y sin sentido. Pasaban las frases de películas famosas, pasaban las frases de los Best-Sellers de poesía, pasaban las frases inacabables de Juan Carlos, pasaban las frases de Camilo. Mientras tanto en Medellín, por la cabeza de Camilo pasaban sus propias recriminaciones mientras jugaba billar con Julián.

— ¿Y no le pudiste decir la verdad, entonces? —dijo Julián, acomodándose para tacar la bola.
— No pude, compadre, ¿qué querías que hiciera?
— Que le respondieras que no te jodiera en el mensaje del celular, loco —respondió Julián, pegándole por fin y fallando—. Ah, ¡maldita sea!, ¡por tu culpa!
— Hombre, una cosa es que no le pude decir la verdad a Ivana, otra es que vos no jugués billar —dijo Camilo y tomó un sorbo de cerveza.

Julián sentía pena por Camilo, si bien era su mejor amigo y lo conocía más que a nadie, no entendía su incapacidad de apartarse de Ivana. Ivana, que a los ojos de Julián era una mujer cualquiera, se había enamorado de Camilo, pese a las distancias, pese a su mal humor. Julián, que a los ojos de Ivana era una mala influencia para el bueno de Camilo, estaba preocupado por su amigo, pese a la pena, pese a la buena cara que le intentaba poner a la situación. Dos turnos después, Julián hizo una carambola y rompió el silencio:

— ¿Entonces qué le vas a decir cuando venga?, ¿qué no la querés ver ni en pintura o qué?
— Hermano, no hablés bobadas y, más bien, ayudáme a pensar qué le digo en serio.
— ¿Qué tal si le decís que tenés tuberculosis y no querés que ella te vea morir?
— Julián… ya nadie muere por tuberculosis.
— ¿Y qué tal si le decís que vendiste la colección de discos de Pink Floyd original y estás tan deprimido que te vas a suicidar?
— Hermanito… ella sabe que no tengo una colección de discos de Pink Floyd.
— Decíle que no estás enamorado de ella y punto.

Camilo miró al piso con cara de frustación y tomó cerveza; Julián también tomó cerveza y como arreglando la situación le dio un golpecito amistoso en la espalda

— Entonces estás jodido —concluyó, alzando la mano para llamar a la mesera—, más bien tomáte esa cerveza que se te va a calentar.

Seis horas más de frases y frases en la cabeza de Ivana, seis horas sin poder dormir esperando el anhelado encuentro, seis horas que parecieron diez, quince, cien. Cuando el bus de Ivana llegó a la Terminal de Transportes de Medellín, Camilo estaba esperándola junto a su mejor amigo interrumpiendo lo que, para Ivana, hubiera sido el encuentro más romántico de la era posmoderna.

— Hola Julián —dijo secamente Ivana, mientras se abrazaba a Camilo.
— Hola Ivana —Bromeó Julián, abrazándose también a Camilo.
— Bueno, relájense que hay Camilo para rato.

Cuando entraron al café que Ivana había elegido al azar, los tres tomaron asiento y Camilo sacó una libretita de apuntes, poniéndose los lentes de lectura.

— Mi patria sos vos… —dijo Camilo como esperando una respuesta, mirando a sus dos atónitos acompañantes.
— Sí, ¿qué sigue? —dijo Julián
— No sé, apenas voy ahí…
— ¿Y esa es tu novela? No jodás, me hubieras dicho que te acompañara por Ivana y ya, no me hubieras sentado en esta mesa con falsas promesas —dijo Julián haciéndose el ofendido—. Ahora en serio, leénos la novela.
— Esa es, es que es una novela minimalista; pero ¡no me digan que no está buena!
— Bueno mujer, yo me tengo que ir —dijo mirando a Ivana—. Pobre de vos, ahí te lo dejo, me lo cuidás.

Julián salió del lugar y se despidió por última vez antes de cruzar la calle. Camilo se quedó en silencio mirándola y a ella se le olvidaron todas las frases que había pensado una y otra vez en el camino; para ella la vida había valido la pena por sólo haber vivido ese momento, para él la verdad tenía que ser dicha en algún momento. Ella le tomó la mano por encima de la mesa y él sintió que debía romper el silencio. Finalmente, miró detenidamente su café y dijo en voz baja:

— Estoy muy feliz de que hayás venido para quedarte.

Daniel.

28/05/2009

Reinas, señoritas y demás...

Estoy de buen humor, y es que hoy inicié el día leyendo a un grupo de excelentes comediantes, que, además, casi logran cautivarme con su indudable belleza. Debo confesar que esta mañana estaba realmente preocupado por mi salud, no había dormido en toda la noche y, como si eso fuera poco, había estado medio triste por el final de Padres e Hijos*. Pero cuando a eso de las 5 de la mañana abrí mi correo, toda molestia desapareció, la alegría vino a mí y creo que llegué a despertar a algún vecino con las carcajadas que me produjeron algunos finos extractos de los monólogos de estas grandes comediantes.

Yo nunca pensé que mi tierra, Medellín – Colombia, fuera a dar una humorista mejor que la Nena Jimenez, pero la vida me sorprende cada día y me alegro de haber conocido —por lo menos vía texto— a las diez candidatas a Señorita Antioquia. Después de haber visto una y otra vez la penosa respuesta de Verónica Velásquez —la anterior Señorita Antioquia— de «hombre con hombre, mujer con mujer, del mismo modo en sentido contrario», no le quise dar más oportunidades a las reinas de belleza de Antioquia, pero cuando leí en El Colombiano que «las respuestas pesaban para la corona», no me aguanté la morbosidad y entré incauto al artículo. En la nota del periódico se les formuló preguntas simples acerca de algunos aspectos, entre ellas la segunda reelección de Uribe, la respuesta de la Señorita Antioquia que dejó frustrados a sus profesores del colegio y las preguntas que las podrían meter en problemas en el reinado.

Sin dar más preámbulos, Zuliany Montoya, quien afirma estudiar Negocios Internacionales, respondió: «sobre la reelección de Uribe nosotras no debemos opinar mucho. Si el país lo considera necesario, que se haga lo que la gente pide»; me encantó el sarcásmo, Zuliany, por eso es una elección, la gente elige y, generalmente, se hace lo que la gente pide —por lo menos hasta que el tipo se sube al mandato—. Sara Gómez, dijo, hablando sobre las reinas: «Una reina actual debe ser auténtica. Si no, no es nada»; y yo pensando que una reina actual, primero debía ser reina y luego actual, sin esperar que sea auténtica, pero, no, no es nada, ni chicha, ni limonada. Fanny Valencia no estuvo lejos de Gómez: «¿Una reina actual? La palabra lo dice, es de la actualidad, debe vivir en la vanguardia y vestirse de acuerdo a lo que está pasando»; o sea que los habitantes de la calle que tienen por pijama una cantidad de periódicos son reinas actuales, ya que se visten de acuerdo a lo que está pasando y si bien no viven en la vanguardia, viven con la guardia encima.

De todas las respuestas, que sirvieron de abrebocas a sus prometedoras carreras humorísticas, la que más me gustó fue la de Nathali Quiceno cuando le preguntaron acerca del matrimonio entre homosexuales: «sobre el matrimonio gay no opinaría absolutamente nada. Lo importante es que haya amor»; yo tampoco opinaría nada, pero ellos también merecen casarse para ser igual de infelices a los heterosexuales. También algunas dejaron entrever sus emergentes carreras políticas, por ejemplo Yuerly Betancur propuso indirectamente un referendo —que andan tan de moda en estos días— para aprobar la elección múltiple a la hora de sufragar cuando dijo que «no nos debemos cerrar solamente a un solo candidato»; yo no es que comprenda mucho, pero hasta donde tengo entendido Yurley, eso es precisamente lo que nos toca hacer. Realmente me puse serio cuando leí que Manuela Posada afirmó que era «dedicada e inteligente», pero entendí el chiste cuando remató diciendo: «quiero trabajar más la pasarela porque la quiero sacar perfecta».

En definitiva, pasé un rato muy ameno esta mañana mientras leí siete veces la nota de El Colombiano, y eso que no a mí me da por burlarme de los nombres ya que no es culpa de nadie el nombre que tiene; ni tampoco quise hablar acerca de las carreras y universidades en las que estas candidatas estudian, ya que para ser humorista basta con la universidad de la vida. De hoy en adelante estaré pendiente de todos los medios de Antioquia para no perderme ni una sola actuación de estas jóvenes, ¡realmente prometen!

Daniel.

*Por cierto, para los que no saben qué fue Padres e Hijos, les comento que fue una serie malísima —pero cuando digo mala, es mala en todo el sentido de la palabra; más mala que un asesino neurótico con delirio de persecución en un centro comercial—. Duró 17 años, ¡diecisiete!, y… no, creo que no hay nada más por decir. Yo siempre pensé que Padres e Hijos iba a ver morir a mis hijos, nietos y biznietos; pero ya ven, aquí se confirma que uno no puede confiar en sus propios pensamientos.