Esto es el colmo: llevo aquí sentado más de veinticinco minutos y aún
nadie aparece. Es el peor lugar de estos que he visitado, y eso que
estoy contando los que visité en Lima. Eso sólo me pasa a mí:
cuatrocientos lugares para elegir y me meto al peor. Creo que cuando
Edward Murphy Jr. rezó su máxima “si algo puede salir mal, saldrá mal”,
lo hizo pensando en mí. De hecho, lo hizo mostrando la foto de mis
grados de primaria, en la cual al fotógrafo que contrataron le pareció
gracioso dejar una foto de prueba en la que me estaba hurgando la nariz.
Ya van treintitrés minutos y nadie aparece todavía. Debería irme a
otro lado, aunque sabiendo mi suerte, justo en el momento en que ponga
un pie afuera, alguien aparecerá para atenderme y se dará el incómodo
momento donde esa persona intentará convencerme de que me quede y yo
diré cualquier excusa que sea más importante que el hecho de haber
esperado treintitrés minutos.
Debería dejar una carta en el buzón de sugerencias, aunque para eso
primero debería sugerir que pusieran uno de esos buzones. Ahí viene un
trabajador de este sitio, ¡ya se va a enterar!
— Oiga, ¿qué es esta falta de respeto con el cliente? Estoy aquí hace más de media hora y aún nadie ha venido a atenderme.
— Señor…
— ¡Señor, nada! Les debería dar vergüenza el trato que ustedes
manejan. ¡Esta es la primera y la última vez que vengo a este lugar!
— Señor…
— ¡Déjeme terminar! Me parece el colmo que una persona llegue con
hambre y aun así eso no les importe a ustedes. Voy a hacer que les hagan
una crítica bien mala en El Colombiano, para que aprendan. Ahora sí,
¿qué tiene para decir en su defensa?
— Señor, esto es autoservicio.
El autor no se hace responsable por ninguna de sus personalidades, ni siquiera por la que los va a insultar por no comentar. ¡Comenten, carajo!
22/08/2012
4/09/2010
Una crónica de concierto – Parte II
Me desperté de sobresalto y miré alrededor. Todo estaba en orden: el computador permanecía encendido, el ventilador me apuntaba directamente al cuerpo para distraerme de los treinta grados centígrados, y el sol se pronunciaba estridentemente entre las cortinas. Tras hacer el perezoso estiramiento de rigor, tomé el celular para saber la hora. Sólo por haberme despertado, más bien madrugado, a las 10 de la mañana, ese día era un día especial.
Dos días después del concierto de Silvio Rodríguez, en plena avenida San Juan estarían Fito Páez, Aterciopelados, Suárez Paz y Providencia, entre otros. Era el cierre del Tercer Congreso Iberoamericano de Cultura, del cual nuestra ciudad de la eterna primavera había sido elegida como sede. Mientras tanto, al otro lado de la ciudad y aún faltando 6 horas para que comenzara la acción, estaba yo. Extraño en el espejo, como siempre, intentaba arreglar el pelo en desorden cuando comenzó el partido entre Paraguay y España; se disputaban un cupo en la final de la Copa Mundial de la FIFA.
Eso de los mundiales no se da sino cada cuatro años y, por fortuna, cada partido es televisado por varios canales. Lo malo del asunto, es que por más que anuncien con varios meses de anticipación el horario de los partidos, uno sigue siendo hombre y, como todo buen representante del género, es más descuidado que el asesor de moda de Chávez; por ende, la preparación para los partidos del mundial es mínima. Apuesto que en las casas de las mujeres amantes del fútbol, la cervezas no cabían en la nevera desde hacía semanas enteras; todo para no tener que ir a la tienda más cercana a abastecer la reserva cervecera de todo hogar y no perderse los primeros veinte minutos del partido. Lo bueno del asunto es que la tienda más cercana a mi casa queda en la esquina y el tendero me conoce bien, así que ni bien llegué ya me tenía 6 cervezas de medio litro. Como pude le tiré el billete de diez mil y me devolví corriendo para la casa. Cuando llegué, jadeando gracias a mi excelente estado físico, sólo me había perdido los primeros quince minutos. «No es nada», pensé, pero según los locutores esos primeros quince minutos habían sido la quintaesencia del fútbol. Resignado, me tomé dos litros de cerveza y, sin pena ni gloria, fue pasando el primer tiempo.
Volviendo al concierto de clausura del Congreso Iberoamericano, yo debía encontrarme con el grupo de amigos de mi, ya nombrada, amiga Laura. Dicha cita tendría lugar cuando el segundo tiempo del partido llevaría diez minutos de haber comenzado. Lo más sensato, pensé en mi preocupación por no perderme un minuto más de juego, era ir al punto de encuentro rápidamente para pedir la cerveza de rigor y ver el segundo tiempo tranquilamente. Dicho y hecho: salí de mi casa, como pude, tomé un taxi y llegué a la estación Alpujarra del metro. Con mi vista de águila alcohólica ubiqué el bar más cercano desde dónde poder esperar a la gente.
Más o menos de este modo transcurrió el segundo tiempo: primera Club Colombia, penalti anulado a Paraguay, golpe en la pierna con la palma de la mano y madrazo, segunda Club Colombia, penalti a favor de España, gol, madrazo a todo pulmón, anulación y repetición del penalti, puño en la mesa y madrazo compuesto, desperdicio del segundo penalti, madrazo simple y tercera Club Colombia. Cuando iba por mi cuarta Club Colombia se completó el cupo de los amigos de Laura: ya estábamos listos para partir rumbo a la fila eterna.
La experiencia del concierto de Silvio, si bien me dejó claro quién era buen amigo mío, también me dejó una valiosa lección: cuando a un concierto vas, tu propio guaro llevás. Con la experiencia del caso, nos dispusimos a comprar nuestro aperitivo alcohólico. Cuando por fin pudimos conseguir aguardiente, nos enteramos que entrarlo era ilegal y, decepcionados, comenzamos a ingeniar la forma de camuflar el aguardiente. Mientras discutíamos sobre quién y dónde debería llevar el aguardiente, un compañero de fila, ya entrado en años, compartió con nosotros su inmensa sabiduría. Fue ahí cuando aprendí otra valiosa lección: Si a un concierto fueras, el guaro irá en las guevas. Los hombres, que éramos dos, nos miramos angustiados mientras tragábamos saliva. Finalmente, y por fortuna para todos, el guaro lo entraron las niñas en sus carteras.
Superada la entrada del aguardiente, buscamos un buen sitio desde dónde poder escuchar con claridad y estar cómodos —contrario al concierto anterior—. Tras envasar el guaro en botellas de agua, detalle de fina coquetería, hicimos la primera ronda. Creo que fue el primer trago de aguardiente en toda mi vida que no me entró en reversa y dando patadas. Ahí estábamos, felices, pues no pensábamos en las cinco horas, y el tremendo diluvio, que nos separaban de Fito Páez.
Yo, como siempre en mi despiste, no atiné a llevar un paraguas. Lo único que me protegía del frío era una camiseta; por cierto, nunca aprendí la diferencia entre camisa y camiseta, creo que la etapa de la vida en la que enseñan esa diferencia fue una de las que me salté, al igual que en la que enseñan cuál es el brócoli y cuál la coliflor. Cuando comenzó a llover, todo el grupo de amigos con el que estaba, cual si hubieran preparado una coreografía, sacó su respectivo paraguas. Yo sólo miraba perplejo, esperando a que alguien se apiadara de mí. Como nadie lo hizo, me acerqué al grupo —el cual había hecho una especie de iglú con todos sus paraguas—. Lo único que se me ocurrió para escapar de la lluvia fue abrazarme a todos con la excusa de que «qué buen grupo son»; corroboré entonces que la técnica del borracho abrazador, siempre funciona cuando llueve.
Ese concierto parecía más un homenaje a Leonardo Favio y a su bien conocida canción «Llovía, llovía». Andrea Echeverri —la cantante de Aterciopelados—, conmovida, también se mojó con el público; bueno, no fue tan emocionante, más bien salió a la lluvia y quedó bañada. Mientras tanto, yo seguía debajo del paraguas-iglú del grupo, hasta que dije: «no más», si pasa alguien vendiendo paraguas compro uno. Gracias al arte del rebusque paisa, no pasaron más de cinco minutos para que alguien pasara gritando a todo pulmón: «¡paraguas, paraguas! ¡Lleve su paraguas!». Cuando pregunté el precio del paraguas, era el equivalente a una botella de ron; descarté entonces el paraguas. Entonces, el vendedor me dijo: «también tengo capuchas inpermiables». Cuando pregunté el precio, era equivalente a media botella de ron; descarté entonces la capucha impermeable. Me dijo, ya resignado, el vendedor: «tengo plástico, si quiere». Me dijo el precio y como era equivalente a una cajetilla de cigarrillos, y yo estaba en proceso de dejar de fumar, compré presuroso el plástico.
Era gracioso, era un plástico de dos metros por dos metros, el cual para tapar de la lluvia con cierto grado de satisfacción, tenía que ser sostenido por cada esquina. Convencí a la otra persona que no había llevado paraguas a que sostuviera conmigo el plástico aquel. Ambos nos veíamos como si hubiéramos empezado la coreografía de YMCA y nos hubiéramos detenido en la Y. Quince minutos después, no sentíamos los brazos y, lo peor, la única parte del cuerpo que nos protegía el plástico, eran las palmas de las manos. Desechamos el plástico y volvimos cabizbajos al iglú de paraguas.
Horas más tarde, aún lloviendo y con la ropa totalmente empapada, anunciaron que Fito Páez estaba próximo a salir. Para ese entonces, varios compañeros del grupo habían desertado. Seguíamos pocos, entre ellos la joven espía Lina, que tenía el mismo grado de perseverancia que yo pero, por fortuna, no compartíamos la distracción exagerada: ella sí había llevado paraguas.
Al final, Fito salió y la lluvia torrencial se convirtió en un rocío inofensivo. Guardamos el paraguas y a disfrutar del concierto. Cabe mencionarlo: no soy el más fanático de Fito, pero el concierto me lo disfruté. Cuando terminó el concierto, tuve que caminar casi 15 cuadras para tomar un taxi. Después de aguantarme la historia sentimental del conductor y su pésima, casi nula, habilidad de conducción, llegué a mi casa. Viéndolo a la luz de la distancia, creo que valió la pena el concierto y el catarro de una semana, producto de la mojada. Sobre todo, valió la pena ir con un montón de niñas al concierto, y no sólo por lo que representa una compañía femenina, sino por la facilidad para comprarse lo que sea con una mirada, incluyendo la mano dura de un policía que busca aguardiente para decomisar y tomárselo posteriormente.
Daniel.
Dos días después del concierto de Silvio Rodríguez, en plena avenida San Juan estarían Fito Páez, Aterciopelados, Suárez Paz y Providencia, entre otros. Era el cierre del Tercer Congreso Iberoamericano de Cultura, del cual nuestra ciudad de la eterna primavera había sido elegida como sede. Mientras tanto, al otro lado de la ciudad y aún faltando 6 horas para que comenzara la acción, estaba yo. Extraño en el espejo, como siempre, intentaba arreglar el pelo en desorden cuando comenzó el partido entre Paraguay y España; se disputaban un cupo en la final de la Copa Mundial de la FIFA.
Eso de los mundiales no se da sino cada cuatro años y, por fortuna, cada partido es televisado por varios canales. Lo malo del asunto, es que por más que anuncien con varios meses de anticipación el horario de los partidos, uno sigue siendo hombre y, como todo buen representante del género, es más descuidado que el asesor de moda de Chávez; por ende, la preparación para los partidos del mundial es mínima. Apuesto que en las casas de las mujeres amantes del fútbol, la cervezas no cabían en la nevera desde hacía semanas enteras; todo para no tener que ir a la tienda más cercana a abastecer la reserva cervecera de todo hogar y no perderse los primeros veinte minutos del partido. Lo bueno del asunto es que la tienda más cercana a mi casa queda en la esquina y el tendero me conoce bien, así que ni bien llegué ya me tenía 6 cervezas de medio litro. Como pude le tiré el billete de diez mil y me devolví corriendo para la casa. Cuando llegué, jadeando gracias a mi excelente estado físico, sólo me había perdido los primeros quince minutos. «No es nada», pensé, pero según los locutores esos primeros quince minutos habían sido la quintaesencia del fútbol. Resignado, me tomé dos litros de cerveza y, sin pena ni gloria, fue pasando el primer tiempo.
Volviendo al concierto de clausura del Congreso Iberoamericano, yo debía encontrarme con el grupo de amigos de mi, ya nombrada, amiga Laura. Dicha cita tendría lugar cuando el segundo tiempo del partido llevaría diez minutos de haber comenzado. Lo más sensato, pensé en mi preocupación por no perderme un minuto más de juego, era ir al punto de encuentro rápidamente para pedir la cerveza de rigor y ver el segundo tiempo tranquilamente. Dicho y hecho: salí de mi casa, como pude, tomé un taxi y llegué a la estación Alpujarra del metro. Con mi vista de águila alcohólica ubiqué el bar más cercano desde dónde poder esperar a la gente.
Más o menos de este modo transcurrió el segundo tiempo: primera Club Colombia, penalti anulado a Paraguay, golpe en la pierna con la palma de la mano y madrazo, segunda Club Colombia, penalti a favor de España, gol, madrazo a todo pulmón, anulación y repetición del penalti, puño en la mesa y madrazo compuesto, desperdicio del segundo penalti, madrazo simple y tercera Club Colombia. Cuando iba por mi cuarta Club Colombia se completó el cupo de los amigos de Laura: ya estábamos listos para partir rumbo a la fila eterna.
La experiencia del concierto de Silvio, si bien me dejó claro quién era buen amigo mío, también me dejó una valiosa lección: cuando a un concierto vas, tu propio guaro llevás. Con la experiencia del caso, nos dispusimos a comprar nuestro aperitivo alcohólico. Cuando por fin pudimos conseguir aguardiente, nos enteramos que entrarlo era ilegal y, decepcionados, comenzamos a ingeniar la forma de camuflar el aguardiente. Mientras discutíamos sobre quién y dónde debería llevar el aguardiente, un compañero de fila, ya entrado en años, compartió con nosotros su inmensa sabiduría. Fue ahí cuando aprendí otra valiosa lección: Si a un concierto fueras, el guaro irá en las guevas. Los hombres, que éramos dos, nos miramos angustiados mientras tragábamos saliva. Finalmente, y por fortuna para todos, el guaro lo entraron las niñas en sus carteras.
Superada la entrada del aguardiente, buscamos un buen sitio desde dónde poder escuchar con claridad y estar cómodos —contrario al concierto anterior—. Tras envasar el guaro en botellas de agua, detalle de fina coquetería, hicimos la primera ronda. Creo que fue el primer trago de aguardiente en toda mi vida que no me entró en reversa y dando patadas. Ahí estábamos, felices, pues no pensábamos en las cinco horas, y el tremendo diluvio, que nos separaban de Fito Páez.
Yo, como siempre en mi despiste, no atiné a llevar un paraguas. Lo único que me protegía del frío era una camiseta; por cierto, nunca aprendí la diferencia entre camisa y camiseta, creo que la etapa de la vida en la que enseñan esa diferencia fue una de las que me salté, al igual que en la que enseñan cuál es el brócoli y cuál la coliflor. Cuando comenzó a llover, todo el grupo de amigos con el que estaba, cual si hubieran preparado una coreografía, sacó su respectivo paraguas. Yo sólo miraba perplejo, esperando a que alguien se apiadara de mí. Como nadie lo hizo, me acerqué al grupo —el cual había hecho una especie de iglú con todos sus paraguas—. Lo único que se me ocurrió para escapar de la lluvia fue abrazarme a todos con la excusa de que «qué buen grupo son»; corroboré entonces que la técnica del borracho abrazador, siempre funciona cuando llueve.
Ese concierto parecía más un homenaje a Leonardo Favio y a su bien conocida canción «Llovía, llovía». Andrea Echeverri —la cantante de Aterciopelados—, conmovida, también se mojó con el público; bueno, no fue tan emocionante, más bien salió a la lluvia y quedó bañada. Mientras tanto, yo seguía debajo del paraguas-iglú del grupo, hasta que dije: «no más», si pasa alguien vendiendo paraguas compro uno. Gracias al arte del rebusque paisa, no pasaron más de cinco minutos para que alguien pasara gritando a todo pulmón: «¡paraguas, paraguas! ¡Lleve su paraguas!». Cuando pregunté el precio del paraguas, era el equivalente a una botella de ron; descarté entonces el paraguas. Entonces, el vendedor me dijo: «también tengo capuchas inpermiables». Cuando pregunté el precio, era equivalente a media botella de ron; descarté entonces la capucha impermeable. Me dijo, ya resignado, el vendedor: «tengo plástico, si quiere». Me dijo el precio y como era equivalente a una cajetilla de cigarrillos, y yo estaba en proceso de dejar de fumar, compré presuroso el plástico.
Era gracioso, era un plástico de dos metros por dos metros, el cual para tapar de la lluvia con cierto grado de satisfacción, tenía que ser sostenido por cada esquina. Convencí a la otra persona que no había llevado paraguas a que sostuviera conmigo el plástico aquel. Ambos nos veíamos como si hubiéramos empezado la coreografía de YMCA y nos hubiéramos detenido en la Y. Quince minutos después, no sentíamos los brazos y, lo peor, la única parte del cuerpo que nos protegía el plástico, eran las palmas de las manos. Desechamos el plástico y volvimos cabizbajos al iglú de paraguas.
Horas más tarde, aún lloviendo y con la ropa totalmente empapada, anunciaron que Fito Páez estaba próximo a salir. Para ese entonces, varios compañeros del grupo habían desertado. Seguíamos pocos, entre ellos la joven espía Lina, que tenía el mismo grado de perseverancia que yo pero, por fortuna, no compartíamos la distracción exagerada: ella sí había llevado paraguas.
Al final, Fito salió y la lluvia torrencial se convirtió en un rocío inofensivo. Guardamos el paraguas y a disfrutar del concierto. Cabe mencionarlo: no soy el más fanático de Fito, pero el concierto me lo disfruté. Cuando terminó el concierto, tuve que caminar casi 15 cuadras para tomar un taxi. Después de aguantarme la historia sentimental del conductor y su pésima, casi nula, habilidad de conducción, llegué a mi casa. Viéndolo a la luz de la distancia, creo que valió la pena el concierto y el catarro de una semana, producto de la mojada. Sobre todo, valió la pena ir con un montón de niñas al concierto, y no sólo por lo que representa una compañía femenina, sino por la facilidad para comprarse lo que sea con una mirada, incluyendo la mano dura de un policía que busca aguardiente para decomisar y tomárselo posteriormente.
Daniel.
12/07/2010
Ser sutil — No es que tenga que ver conmigo
Generalmente, escribo cosas que me pasan de la manera que no me pasaron por si la víctima de mis, casi siempre, errores entra a este blog —un error le puede ocurrir a cualquiera; pasa en las mejores familias—. Hoy quiero hablar justamente de eso, de las sutilezas; no es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
¿Está bien ser sutil?, ¿cuándo dejar de ser sutil?, ¿es sutil un sinónimo de gaseoso?, ¿si un árbol se cae sutilmente en el medio del bosque aparece un ovni? Ah, no... así no es. En fin, el punto es que quizá ser sutil sea útil en situaciones extremas como avisar la muerte de un familiar, pero hay otras en las que es inviable, por ejemplo cuando alguien te va a pegar con un bate de béisbol por haberte metido en la cama con su novia. Por más que digás que sólo tuvieron sexo salvaje durante veinte minutos, él te va a pegar igual. O cuando tu novia es la que se acostó con el tipo del bate de béisbol y vos le vas a ir a reclamar sutilmente al tipo por haberse acostado con ella, él te va a pegar igual. O, en un caso menos dramático, cuando esperás una acción de alguien e intentás hacérselo saber en código morse. No es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
Ahora bien, ¿sonreír es un acto sutil? Yo siempre he sostenido que el humor acerca al amor; excepto si ella se ríe mientras vos te desnudás. Pero una sonrisa puede ser un «calláte» de forma sutil. Yo odiaba cuando la gente se reía cuando yo hablaba cosas serias, luego me enteré que decía las cosas serias de una forma graciosa. Más tarde me enteré que decir cosas serias sin decirlas de una manera graciosa, puede herir gravemente —en especial a uno mismo... y me refiero herir del tipo «me voy para urgencias que me pegaron una puñalada»—. Así que cuando quiero decir algo en serio, se me sale de pronto un chiste y mi punto, sobre el que intentaba generar consciencia, se hunde mientras la carcajada aflora.
En estos días iba en el metro... ah, no, esa ya la usé hace como un mes. En estos días iba en... este... ¡a pie! Eso: en estos días iba a pie cuando sorprendí a una pareja que caminaba a paso largo hacia un centro comercial. Iban a ver una película, iban tarde y era culpa —digamos— de él, porque mientras él buscaba los boletos de entrada en su billetera ella lo miraba como si fuera Ingrid Betancourt después de la demanda al estado. Cuando el tipo por fin encontró los boletos, ella lo miró a los ojos y le dijo: «si no los hubieras encontrado no me hubiera molestado, ¿sabés eso, cierto?». Todos sabemos que es una mentira total, pero en caso de que me lo hubiera dicho a mí, la hubiera metido en un taxi y para el motel más cercano a toda prisa, así sólo sea para verle la cara. Esa novia, porque ese comportamiento sólo lo tienen las novias, cuando sea mamá va a ser de las que se les olvida el cumpleaños de Juan, por poner cualquier nombre, y espera todo el día a que Juan la embarre por algo. Cuando Juan por fin la embarra, porque todos tenemos un promedio de embarrada por hora de 3,5, ella le dice «si no la hubieras embarrado te hubiera dado ese viaje que siempre quisiste a Ibiza con todos los gastos pagados, ya tenía todo listo, ¿sabés eso, cierto?». No es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
Hay libros para todo: para aprender a armar un barco dentro de una botella —los regalan en las recepciones de la cárcel—, para amarse a uno mismo, para odiarse a uno mismo, para aprender a decir no y para cocinar comidas que no sean un peligro biológico, pero no hay ningún libro que enseñe a ser sutil con éxito. Eso lo quiero ver, un libro que se llame «100 sutilezas funcionales; yo de usted lo leería».
En definitiva, parece que ser sutil es un arte que dominan muy pocos. A esos sabios les basta con decirle a su novia «me está rascando un huevo» para que ella entienda, le traiga una cerveza fría, le prepare una pizza napolitana y lo deje ver el partido tranquilo. Si se hace un libro, ellos son los que deberían escribirlo. Pero no en términos científicos —si tal cosa pudiera existir en las interacciones humanas—, más a modo biográfico. Contando la historia de la relación y narrando con pelos y señales qué dijeron para que funcionara en determinado momento. Si no lo hacen de ese modo, simplemente escribirían «conoce a tu pareja» y uno no entendería un carajo. No es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
Daniel.
¿Está bien ser sutil?, ¿cuándo dejar de ser sutil?, ¿es sutil un sinónimo de gaseoso?, ¿si un árbol se cae sutilmente en el medio del bosque aparece un ovni? Ah, no... así no es. En fin, el punto es que quizá ser sutil sea útil en situaciones extremas como avisar la muerte de un familiar, pero hay otras en las que es inviable, por ejemplo cuando alguien te va a pegar con un bate de béisbol por haberte metido en la cama con su novia. Por más que digás que sólo tuvieron sexo salvaje durante veinte minutos, él te va a pegar igual. O cuando tu novia es la que se acostó con el tipo del bate de béisbol y vos le vas a ir a reclamar sutilmente al tipo por haberse acostado con ella, él te va a pegar igual. O, en un caso menos dramático, cuando esperás una acción de alguien e intentás hacérselo saber en código morse. No es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
Ahora bien, ¿sonreír es un acto sutil? Yo siempre he sostenido que el humor acerca al amor; excepto si ella se ríe mientras vos te desnudás. Pero una sonrisa puede ser un «calláte» de forma sutil. Yo odiaba cuando la gente se reía cuando yo hablaba cosas serias, luego me enteré que decía las cosas serias de una forma graciosa. Más tarde me enteré que decir cosas serias sin decirlas de una manera graciosa, puede herir gravemente —en especial a uno mismo... y me refiero herir del tipo «me voy para urgencias que me pegaron una puñalada»—. Así que cuando quiero decir algo en serio, se me sale de pronto un chiste y mi punto, sobre el que intentaba generar consciencia, se hunde mientras la carcajada aflora.
En estos días iba en el metro... ah, no, esa ya la usé hace como un mes. En estos días iba en... este... ¡a pie! Eso: en estos días iba a pie cuando sorprendí a una pareja que caminaba a paso largo hacia un centro comercial. Iban a ver una película, iban tarde y era culpa —digamos— de él, porque mientras él buscaba los boletos de entrada en su billetera ella lo miraba como si fuera Ingrid Betancourt después de la demanda al estado. Cuando el tipo por fin encontró los boletos, ella lo miró a los ojos y le dijo: «si no los hubieras encontrado no me hubiera molestado, ¿sabés eso, cierto?». Todos sabemos que es una mentira total, pero en caso de que me lo hubiera dicho a mí, la hubiera metido en un taxi y para el motel más cercano a toda prisa, así sólo sea para verle la cara. Esa novia, porque ese comportamiento sólo lo tienen las novias, cuando sea mamá va a ser de las que se les olvida el cumpleaños de Juan, por poner cualquier nombre, y espera todo el día a que Juan la embarre por algo. Cuando Juan por fin la embarra, porque todos tenemos un promedio de embarrada por hora de 3,5, ella le dice «si no la hubieras embarrado te hubiera dado ese viaje que siempre quisiste a Ibiza con todos los gastos pagados, ya tenía todo listo, ¿sabés eso, cierto?». No es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
Hay libros para todo: para aprender a armar un barco dentro de una botella —los regalan en las recepciones de la cárcel—, para amarse a uno mismo, para odiarse a uno mismo, para aprender a decir no y para cocinar comidas que no sean un peligro biológico, pero no hay ningún libro que enseñe a ser sutil con éxito. Eso lo quiero ver, un libro que se llame «100 sutilezas funcionales; yo de usted lo leería».
En definitiva, parece que ser sutil es un arte que dominan muy pocos. A esos sabios les basta con decirle a su novia «me está rascando un huevo» para que ella entienda, le traiga una cerveza fría, le prepare una pizza napolitana y lo deje ver el partido tranquilo. Si se hace un libro, ellos son los que deberían escribirlo. Pero no en términos científicos —si tal cosa pudiera existir en las interacciones humanas—, más a modo biográfico. Contando la historia de la relación y narrando con pelos y señales qué dijeron para que funcionara en determinado momento. Si no lo hacen de ese modo, simplemente escribirían «conoce a tu pareja» y uno no entendería un carajo. No es que tenga que ver conmigo, pero puede pasarle a alguien.
Daniel.
5/07/2010
Una crónica de concierto
Si alguien me lo hubiera dicho hace siete años no lo hubiera creído. Pero ahí estaba Silvio, a menos de 200 metros, cantando para mí. El Daniel con 16 años, y con muchas menos penas, hubiera coreado todas las canciones del señor Rodríguez como si el mundo se fuera a acabar; sin embargo, algo pasó en estos siete años, algún Daniel la cagó y nos desvió del rumbo.
«Listo, compadre, nos vemos entonces a las cinco allá, no faltés, un abrazo», dije antes de colgar el teléfono. Eran las 11 de la mañana y Carlos había pasado la noche despierto, pero aún así yo no lo iba a dejar descansar demasiado, él tenía el guaro y la cita en la noche era con Silvio —y con Carlos... y con el guaro que llevaría Carlos—. Aparte de Carlos, también había hablado con otros amigos para verme en el concierto.
El jueves era un día de luto agridulce. Por una parte estaba el concierto que otrora hubiera disfrutado hasta el paroxismo, por otra parte ella se iba al Bagre para hacer un mes de internado, yo sólo podía aprovechar el tiempo que le sobraba para entregarle un par de libros que le servirían a modo de compañía durante la estadía en aquel pueblo al lado del Magdalena. El jueves aprendí que a uno no le enseñan a despedirse. Es de esas cosas que no se hacen más fáciles, tampoco, con la práctica y los años.
A las cuatro, yo, es decir este Daniel de veintitantos años, estaba camino al concierto, acortando camino y saltándome la entrada con su respectiva requisa, sin quererlo, al pasar por la Alpujarra. Si hubiera sabido que no me iban a requisar, como mínimo hubiera entrado dos litros de ron, a uno lo habría bautizado Sergio Fajardo y al otro Alonso Salazar; porque con el primero me hubiera puesto feliz y con el segundo hubiera quedado llevado del putas.
Cuando avancé lo que más pude en el tumulto, comenzó mi aventura: llegar hasta donde Laura. Con Laura en la cotidianidad casi no nos vemos, más por una cuestión geográfica que por otra cosa. Ella vive donde el viento se devuelve, donde la electricidad llega en canoa, donde el agua llega pidiendo jugo, allá vive; sí, en la mierda. En un concierto hay tres etapas básicas: madrugada, también llamada pretumulto; tumulto, conocida a su vez como preconcierto de sudoración multitudinaria intervenida y cooperada; y concierto. Yo estaba en la segunda etapa. En ese punto del tumulto, porque este a su vez tiene diversos estadios, ya había descartado la opción de verme con otros amigos que estaban... bueno, no me acuerdo dónde estaban.
Sabiendo que estaba a treinta personas de distancia de mi amiga, avanzar entre la gente era imposible, todos estaban sentados en la calle, en la acera o en los muslos de sus compañeros de tumulto; la situación era insufrible.
Es muy curioso que cuando tenés algo en común con alguien y hay una espera compartida, fluye una conversación. En mi caso hablaba con todos los que estaban solos mientras esperaban a que todos se pararan para avanzar hasta donde su grupo de amigos.
Desde que tengo memoria me ha encantado conocer gente. Soy de esos tipos que inician una conversación en una tienda del barrio a las 9 de la mañana y a la tarde termina tomando café en el centro con la misma persona. Cualquier pretexto vale, para mí, a la hora de entablar una conversación: la inmortalidad de Highlander, la barba de Hussein, la programación de Teleantioquia, el capítulo 1.658 de Padres e Hijos, la evolución quirúrgica de Michael Jackson, las aventuras de la patasola; cualquier cosa.
Conocí de todo, muchos rolos que habían viajado toda la noche sólo para ver a Silvio, varios costeños aficionados a la música protesta —lo juro— y hasta a una paisa, entrada en los años, que sentada en el piso quería aprovecharse de su puesto, vendiendo la pasada. Sí, levantar una pierna y luego la otra, por encima de su diminuta estatura costaba, según ella, doscientos pesos; lo triste es que vi pagar a más de un incauto.
Dos horas después conseguí avanzar hasta llegar donde mi amiga y su grupo de amigos. Laura y sus amigos eran más bien jóvenes... y sobrios. Yo, que esperaba todavía a Carlos y el litro de aguardiente, sentía que era el ser humano más sobrio en todo el concierto, más sobrio incluso que los amigos de Laura, pues ellos jugaban a pegarse papelitos en la frente, y quienquiera que haga eso no puede estar demasiado sobrio.
Yo estaba aturdidamente sobrio. Comenzó a cantar Jorge Drexler y yo seguía sobrio. Cantó la segunda canción y yo sobrio. Cuando comenzó a cantar la tercera, propuse lo que en otros grupos del tumulto habría sido un suicidio:
— Muchachos, ¿qué tal si nos vamos afuera del tumulto, compramos aguardiente y nos lo tomamos tranquilos?
Para mi sorpresa, y la de ellos porque no creo que se esperaran tal propuesta, aceptaron. Y fue en la cuarta canción de Drexler que nosotros, el grupo de gente y mi sobriedad, fuimos abriéndonos paso entre gente malhumorada por la espera. Cinco minutos después, en la sexta canción, yo estaba paladeando el primer trago del concierto y no jodí más al atormentado grupo de mi amiga Laura.
Cinco minutos habían pasado desde que hablé Carlos, quien estaba en la fila para ingresar al concierto, cuando escuché a alguien dando alaridos a cincuenta metros. «Paniaaagua», decía la pobre voz. «Paaan —tos y carraspeo— iaguaaa», volvió a gritar, esta vez más estrepitosamente. Yo lo supe enseguida: Carlos. Fui en su búsqueda y, como un sabueso, paraba oreja cada que oía mi apellido en forma de alarido. No supe si era la acústica del Parque de las Luces o mi falta de entrenamiento, pero me tocó llamarlo al celular.
«Paniagua, no me lo va a creer pero los aguardientes me hicieron botar el policía que traía», lo miré fijamente. «Que me lo hicieron botar...», repitió con los ojos llorosos.
— ¿Pero no te lo dejaron tomar?
— Me tomé todo lo que pude... y estoy borracho.
Me sentí orgulloso. Mi amigo, el que había traído el aguardiente desde el otro extremo de la ciudad para compartirlo conmigo, en el acto más desprendido que se puede uno imaginar, se sacrificó para evitarme tener una resaca y se tomó, de un tirón, todo el licor. Ese es un amigo. Desde la infinita sobriedad que padecía, me atacó el gusanito de la envidia, pero treinta segundos después, ya cuando Drexler estaba cantando su última canción, compramos medio litro de aguardiente y solucioné el problema.
Como ya era hora de ir a buscar puesto para ver el concierto, caminamos Carlos, dos amigos y yo, rumbo a la fila. Antes de irme, me despedí del grupo de Laura, que esta vez jugaba a otra cosa que no consigo recordar.
Conseguimos un excelente puesto, nos tapaba la vista un árbol, no se oía más que el eco y los compañeros de tumulto no podrían haber estado mejor: la mitad de los que nos rodeaban estaban fumando marihuana, la otra mitad estaba borracha, a excepción de Sergio y la novia —dos individuos que el buen Carlos decidió invitar a tomar, sólo por echarle los perros a la novia; razón loable, por cierto—.
Tras una corta espera salió Silvio Rodríguez y el asunto fue otro. La mitad que estaba fumando comenzó a lanzar teorías acerca del origen de las canciones; por ejemplo que Sueño con Serpientes había sido una premonición de que al gobierno de Uribe no lo iban a poder bajar nunca del poder porque «la mato y aparece otra mayor». La mitad que estaba borracha comenzó a saltar y a hacer pogo en el Unicornio y en Ojalá; incluso algunos hicieron pogo con las fallas de sonido. Por su parte, Sergio y la novia seguían recibiendo guaro de Carlitos, que de vez en cuando aprovechaba para guiñarle el ojo a la novia y echarme la culpa a mí.
Cuando Silvio concluyó su presentación, todos pensamos que el concierto había llegado a su fin y al pobre de León Gieco le tocó darle un concierto al 30% de los asistentes. Si tan sólo yo hubiera tenido una programación, me hubiera quedado a disfrutar del concierto, pero después me enteré que sólo la recibían aquellos que entraban oficialmente; así que mi entrada por la Alpujarra fue doblemente aprovechada.
Noche inolvidable aquella. Pronto, si recuerdo, escribiré la segunda crónica de concierto, esta vez del concierto de Suárez Paz, Aterciopelados, Zoe y Fito, entre otros. Pero eso será ya harina de otro costal.
Daniel.
«Listo, compadre, nos vemos entonces a las cinco allá, no faltés, un abrazo», dije antes de colgar el teléfono. Eran las 11 de la mañana y Carlos había pasado la noche despierto, pero aún así yo no lo iba a dejar descansar demasiado, él tenía el guaro y la cita en la noche era con Silvio —y con Carlos... y con el guaro que llevaría Carlos—. Aparte de Carlos, también había hablado con otros amigos para verme en el concierto.
El jueves era un día de luto agridulce. Por una parte estaba el concierto que otrora hubiera disfrutado hasta el paroxismo, por otra parte ella se iba al Bagre para hacer un mes de internado, yo sólo podía aprovechar el tiempo que le sobraba para entregarle un par de libros que le servirían a modo de compañía durante la estadía en aquel pueblo al lado del Magdalena. El jueves aprendí que a uno no le enseñan a despedirse. Es de esas cosas que no se hacen más fáciles, tampoco, con la práctica y los años.
A las cuatro, yo, es decir este Daniel de veintitantos años, estaba camino al concierto, acortando camino y saltándome la entrada con su respectiva requisa, sin quererlo, al pasar por la Alpujarra. Si hubiera sabido que no me iban a requisar, como mínimo hubiera entrado dos litros de ron, a uno lo habría bautizado Sergio Fajardo y al otro Alonso Salazar; porque con el primero me hubiera puesto feliz y con el segundo hubiera quedado llevado del putas.
Cuando avancé lo que más pude en el tumulto, comenzó mi aventura: llegar hasta donde Laura. Con Laura en la cotidianidad casi no nos vemos, más por una cuestión geográfica que por otra cosa. Ella vive donde el viento se devuelve, donde la electricidad llega en canoa, donde el agua llega pidiendo jugo, allá vive; sí, en la mierda. En un concierto hay tres etapas básicas: madrugada, también llamada pretumulto; tumulto, conocida a su vez como preconcierto de sudoración multitudinaria intervenida y cooperada; y concierto. Yo estaba en la segunda etapa. En ese punto del tumulto, porque este a su vez tiene diversos estadios, ya había descartado la opción de verme con otros amigos que estaban... bueno, no me acuerdo dónde estaban.
Sabiendo que estaba a treinta personas de distancia de mi amiga, avanzar entre la gente era imposible, todos estaban sentados en la calle, en la acera o en los muslos de sus compañeros de tumulto; la situación era insufrible.
Es muy curioso que cuando tenés algo en común con alguien y hay una espera compartida, fluye una conversación. En mi caso hablaba con todos los que estaban solos mientras esperaban a que todos se pararan para avanzar hasta donde su grupo de amigos.
Desde que tengo memoria me ha encantado conocer gente. Soy de esos tipos que inician una conversación en una tienda del barrio a las 9 de la mañana y a la tarde termina tomando café en el centro con la misma persona. Cualquier pretexto vale, para mí, a la hora de entablar una conversación: la inmortalidad de Highlander, la barba de Hussein, la programación de Teleantioquia, el capítulo 1.658 de Padres e Hijos, la evolución quirúrgica de Michael Jackson, las aventuras de la patasola; cualquier cosa.
Conocí de todo, muchos rolos que habían viajado toda la noche sólo para ver a Silvio, varios costeños aficionados a la música protesta —lo juro— y hasta a una paisa, entrada en los años, que sentada en el piso quería aprovecharse de su puesto, vendiendo la pasada. Sí, levantar una pierna y luego la otra, por encima de su diminuta estatura costaba, según ella, doscientos pesos; lo triste es que vi pagar a más de un incauto.
Dos horas después conseguí avanzar hasta llegar donde mi amiga y su grupo de amigos. Laura y sus amigos eran más bien jóvenes... y sobrios. Yo, que esperaba todavía a Carlos y el litro de aguardiente, sentía que era el ser humano más sobrio en todo el concierto, más sobrio incluso que los amigos de Laura, pues ellos jugaban a pegarse papelitos en la frente, y quienquiera que haga eso no puede estar demasiado sobrio.
Yo estaba aturdidamente sobrio. Comenzó a cantar Jorge Drexler y yo seguía sobrio. Cantó la segunda canción y yo sobrio. Cuando comenzó a cantar la tercera, propuse lo que en otros grupos del tumulto habría sido un suicidio:
— Muchachos, ¿qué tal si nos vamos afuera del tumulto, compramos aguardiente y nos lo tomamos tranquilos?
Para mi sorpresa, y la de ellos porque no creo que se esperaran tal propuesta, aceptaron. Y fue en la cuarta canción de Drexler que nosotros, el grupo de gente y mi sobriedad, fuimos abriéndonos paso entre gente malhumorada por la espera. Cinco minutos después, en la sexta canción, yo estaba paladeando el primer trago del concierto y no jodí más al atormentado grupo de mi amiga Laura.
Cinco minutos habían pasado desde que hablé Carlos, quien estaba en la fila para ingresar al concierto, cuando escuché a alguien dando alaridos a cincuenta metros. «Paniaaagua», decía la pobre voz. «Paaan —tos y carraspeo— iaguaaa», volvió a gritar, esta vez más estrepitosamente. Yo lo supe enseguida: Carlos. Fui en su búsqueda y, como un sabueso, paraba oreja cada que oía mi apellido en forma de alarido. No supe si era la acústica del Parque de las Luces o mi falta de entrenamiento, pero me tocó llamarlo al celular.
«Paniagua, no me lo va a creer pero los aguardientes me hicieron botar el policía que traía», lo miré fijamente. «Que me lo hicieron botar...», repitió con los ojos llorosos.
— ¿Pero no te lo dejaron tomar?
— Me tomé todo lo que pude... y estoy borracho.
Me sentí orgulloso. Mi amigo, el que había traído el aguardiente desde el otro extremo de la ciudad para compartirlo conmigo, en el acto más desprendido que se puede uno imaginar, se sacrificó para evitarme tener una resaca y se tomó, de un tirón, todo el licor. Ese es un amigo. Desde la infinita sobriedad que padecía, me atacó el gusanito de la envidia, pero treinta segundos después, ya cuando Drexler estaba cantando su última canción, compramos medio litro de aguardiente y solucioné el problema.
Como ya era hora de ir a buscar puesto para ver el concierto, caminamos Carlos, dos amigos y yo, rumbo a la fila. Antes de irme, me despedí del grupo de Laura, que esta vez jugaba a otra cosa que no consigo recordar.
Conseguimos un excelente puesto, nos tapaba la vista un árbol, no se oía más que el eco y los compañeros de tumulto no podrían haber estado mejor: la mitad de los que nos rodeaban estaban fumando marihuana, la otra mitad estaba borracha, a excepción de Sergio y la novia —dos individuos que el buen Carlos decidió invitar a tomar, sólo por echarle los perros a la novia; razón loable, por cierto—.
Tras una corta espera salió Silvio Rodríguez y el asunto fue otro. La mitad que estaba fumando comenzó a lanzar teorías acerca del origen de las canciones; por ejemplo que Sueño con Serpientes había sido una premonición de que al gobierno de Uribe no lo iban a poder bajar nunca del poder porque «la mato y aparece otra mayor». La mitad que estaba borracha comenzó a saltar y a hacer pogo en el Unicornio y en Ojalá; incluso algunos hicieron pogo con las fallas de sonido. Por su parte, Sergio y la novia seguían recibiendo guaro de Carlitos, que de vez en cuando aprovechaba para guiñarle el ojo a la novia y echarme la culpa a mí.
Cuando Silvio concluyó su presentación, todos pensamos que el concierto había llegado a su fin y al pobre de León Gieco le tocó darle un concierto al 30% de los asistentes. Si tan sólo yo hubiera tenido una programación, me hubiera quedado a disfrutar del concierto, pero después me enteré que sólo la recibían aquellos que entraban oficialmente; así que mi entrada por la Alpujarra fue doblemente aprovechada.
Noche inolvidable aquella. Pronto, si recuerdo, escribiré la segunda crónica de concierto, esta vez del concierto de Suárez Paz, Aterciopelados, Zoe y Fito, entre otros. Pero eso será ya harina de otro costal.
Daniel.
26/06/2010
Andáte a la mierda
¿No se han dado cuenta que últimamente ya nadie está bien? Antes, recuerdo, todos estaban bien, pasara lo que pasara, quedara presidente quien quedara, fueran amados o no, tuvieran dinero o no: todos andaban como si hubieran acabado de tener el mejor orgasmo de sus vidas. Uno preguntaba:
— ¿Qué hubo, cómo vas?
— ¡Muy bien!, ¡excelente!, ¡fenomenal! ¿Y vos qué?
Y de repente la conversación fluía lo más de bien, pero ahora las cosas no son así. Desde hace un tiempo para acá la gente ha comenzado a responder cosas tan pesimistas como: «ahí vamos, respirando», «dame una moneda y te digo que bien», «remándola como los pitufos», «más de malas que un emo crespo», «para abajo como pipi de viejito». Definitivamente, esta gente de hoy en día hace quedar a Murphy como el ser más optimista.
Yo mismo, que me he considerado una persona altamente positiva y optimista, hace poco llamé a una amiga y me sorprendí cuando me respondió al típico saludo con su: «¡muy bien Dani, mejor no podría estar y tú!». Me quedé espantado, se me heló la espalda y se me erizó el pelo. Antes de colgar el teléfono, sólo atiné a gritarle: «¡anormal!».
Sin ir más lejos, y para ilustrar la condición pesimista y negativa de la sociedad, les voy a compartir una pequeña historia que presencié hace menos de una semana.
Yo iba en el Metro y, como por «inteligente» dejé mi iPod, con audífonos y cargador, conectado en un café internet al sur de Ecuador, no tenía mejor cosa qué hacer que escuchar la discusión de una joven pareja: ella le gritaba sin parar, él, en una actitud envidiable, la escuchaba serenamente.
— Vos, ¡que nunca me presentás a tus amigos! — reprochaba la susodicha. Yo le hubiera contestado:
— Es que yo no tengo amigos, ellos son solamente conocidos.
Media hora duró ella sacándole los trapitos al sol, apuntándole cada cagada que el pobre tipo había cometido; por lo menos, las que ella conocía.
— Y ni hablar de las quincenas: a vos te pagan y te vas a emborrachar solo, ¡a mí ya desde hace dos años que no me comprás ni un helado! — vociferaba la mujer. Yo sí le hubiera dicho:
— ¿Y yo cómo iba a saber que vendías helados?
Es que hay un axioma de las relaciones: lo de ella es de ella y lo de uno... también es de ella. No me dejen salir del tema, volvamos entonces a la pareja del metro. Sin exagerar fue media hora de ella gritándole al oído, media hora en la que el novio, o lo que fuere, se comportó como un caballero, sin responderle una sola palabra. Después de un largo silencio, en el que ella esperó que él hiciera su defensa pero no obtuvo más que las miradas de todos los pasajeros, la fiera, llorando casi desconsoladamente, le dijo:
— ¡¡¡Pero contestáme, mierda, decíme algo!!!
El tipo comenzó a mirarla detenidamente, mientras se sobaba repetidamente con el dedo índice la nariz, como diciéndole que tenía sucia la nariz. Ella se río.
Yo aplaudí internamente. Dentro de mí se armó una hinchada para este valiente, sincero y demagogo personaje. Y no era yo el único, muchos pasajeros demostraban gestos aprobatorios hacia el joven. Pero como a las mujeres cuando están llorando les molesta que uno les haga perder la concentración al hacerlas reír, ella, impotente ante la mudez del tipo, de una cachetada le dejó su mano, con anillo y todo, marcada en la cara.
Hubo un silencio general en el metro; los que hablaban por celular suspendieron sus llamadas, los que escuchaban música se quitaron los audífonos, los que hablaban entre sí se callaron, las madres le taparon los ojos a sus hijos y algunos temieron por sus vidas. Yo por dentro coreaba: «¡que le pegue, que le pegue!».
El metro se detuvo, las puertas se abrieron, ella se paró impulsivamente y antes de salir del vagón, gritó a los cuatro vientos: «¿sabés qué? ¡Andáte a la mierda!».
El tipo se quedó sentado y levantó los hombros ante las miradas inquisidoras de todos los pasajeros. Yo me quedé parado, esperando a que él hiciera algo, la insultara por lo bajito, le mostrara los dientes, le sacara la lengua, le tirara un zapato. Pero él no hizo nada.
Creo que pensó lo mismo que pensé yo un tiempo después: «¿para qué me pedís que me vaya a la mierda? Con vos, en la mierda estoy desde hace rato».
Daniel.
— ¿Qué hubo, cómo vas?
— ¡Muy bien!, ¡excelente!, ¡fenomenal! ¿Y vos qué?
Y de repente la conversación fluía lo más de bien, pero ahora las cosas no son así. Desde hace un tiempo para acá la gente ha comenzado a responder cosas tan pesimistas como: «ahí vamos, respirando», «dame una moneda y te digo que bien», «remándola como los pitufos», «más de malas que un emo crespo», «para abajo como pipi de viejito». Definitivamente, esta gente de hoy en día hace quedar a Murphy como el ser más optimista.
Yo mismo, que me he considerado una persona altamente positiva y optimista, hace poco llamé a una amiga y me sorprendí cuando me respondió al típico saludo con su: «¡muy bien Dani, mejor no podría estar y tú!». Me quedé espantado, se me heló la espalda y se me erizó el pelo. Antes de colgar el teléfono, sólo atiné a gritarle: «¡anormal!».
Sin ir más lejos, y para ilustrar la condición pesimista y negativa de la sociedad, les voy a compartir una pequeña historia que presencié hace menos de una semana.
Yo iba en el Metro y, como por «inteligente» dejé mi iPod, con audífonos y cargador, conectado en un café internet al sur de Ecuador, no tenía mejor cosa qué hacer que escuchar la discusión de una joven pareja: ella le gritaba sin parar, él, en una actitud envidiable, la escuchaba serenamente.
— Vos, ¡que nunca me presentás a tus amigos! — reprochaba la susodicha. Yo le hubiera contestado:
— Es que yo no tengo amigos, ellos son solamente conocidos.
Media hora duró ella sacándole los trapitos al sol, apuntándole cada cagada que el pobre tipo había cometido; por lo menos, las que ella conocía.
— Y ni hablar de las quincenas: a vos te pagan y te vas a emborrachar solo, ¡a mí ya desde hace dos años que no me comprás ni un helado! — vociferaba la mujer. Yo sí le hubiera dicho:
— ¿Y yo cómo iba a saber que vendías helados?
Es que hay un axioma de las relaciones: lo de ella es de ella y lo de uno... también es de ella. No me dejen salir del tema, volvamos entonces a la pareja del metro. Sin exagerar fue media hora de ella gritándole al oído, media hora en la que el novio, o lo que fuere, se comportó como un caballero, sin responderle una sola palabra. Después de un largo silencio, en el que ella esperó que él hiciera su defensa pero no obtuvo más que las miradas de todos los pasajeros, la fiera, llorando casi desconsoladamente, le dijo:
— ¡¡¡Pero contestáme, mierda, decíme algo!!!
El tipo comenzó a mirarla detenidamente, mientras se sobaba repetidamente con el dedo índice la nariz, como diciéndole que tenía sucia la nariz. Ella se río.
Yo aplaudí internamente. Dentro de mí se armó una hinchada para este valiente, sincero y demagogo personaje. Y no era yo el único, muchos pasajeros demostraban gestos aprobatorios hacia el joven. Pero como a las mujeres cuando están llorando les molesta que uno les haga perder la concentración al hacerlas reír, ella, impotente ante la mudez del tipo, de una cachetada le dejó su mano, con anillo y todo, marcada en la cara.
Hubo un silencio general en el metro; los que hablaban por celular suspendieron sus llamadas, los que escuchaban música se quitaron los audífonos, los que hablaban entre sí se callaron, las madres le taparon los ojos a sus hijos y algunos temieron por sus vidas. Yo por dentro coreaba: «¡que le pegue, que le pegue!».
El metro se detuvo, las puertas se abrieron, ella se paró impulsivamente y antes de salir del vagón, gritó a los cuatro vientos: «¿sabés qué? ¡Andáte a la mierda!».
El tipo se quedó sentado y levantó los hombros ante las miradas inquisidoras de todos los pasajeros. Yo me quedé parado, esperando a que él hiciera algo, la insultara por lo bajito, le mostrara los dientes, le sacara la lengua, le tirara un zapato. Pero él no hizo nada.
Creo que pensó lo mismo que pensé yo un tiempo después: «¿para qué me pedís que me vaya a la mierda? Con vos, en la mierda estoy desde hace rato».
Daniel.
22/06/2010
Te propongo un trío
A estas alturas del partido —y eso que estamos con mundial a bordo— yo pensaba que los tríos formaban parte del mundo del imaginario, junto a los unicornios, las ninfas, los DVDs originales, las eyaculaciones femeninas y los políticos honestos. Pero estaba equivocado.
Desde que tenía trece años he soñado con el día en que una bella mujer me propusiera un trío; a decir verdad, me conformaba una no tan bella.
Leí mil consejos para conquistar mujeres en los que decían que lo importante no era el qué, sino el cómo; incluso en algún sitio aprendí que el momento mágico no se debía dejar perder por ningún motivo, porque sólo se da uno por pareja (ese momento en el que las miradas se cruzan y uno no sabe si está enamorado o tiene una dispepsia).
Durante esos días juveniles siempre estaba atento a las miradas de todas las mujeres para no perder el momento mágico, el momento de la propuesta: ese esperado momento de buen sexo en forma de ménage à trois.
Hoy, después de diez años de larga espera, por fin alguien me mencionó las palabras mágicas poniendo fin a mi calvario. Aunque para mi desagrado no fue una bella, ni siquiera una no tan bella, dama, sino un hombre, panzón, con veintitantos años, halitosis, tres pelos en la barba y diez en el bigote.
Es que nadie se hubiera imaginado que mi amigo Carlos, confidente en algunas ocasiones, guardaespaldas en otras, iba a ser quien dijera la frase que otrora abriera la caja de pandora. Carlos y sus diez pelos en el bigote. Carlos y su halitosis. Carlos y sus ganas de un trío conmigo y su novia.
Yo no sé ustedes qué hubieran hecho, sabios lectores, ante tal propuesta. Yo entré en un estado dubitativo: ¡es que diez años son diez años! Tal vez no vuelva a tener una propuesta así en mucho tiempo. Aunque siendo honestos, el panorama no me emociona demasiado. Hay una mujer, claro está, pero el sólo hecho de pensar que un hombre va a estar al mismo tiempo que yo donde me divierto, me deja un sinsabor que no sé cómo explicar.
De todos modos, es una gran propuesta y le agradezco de corazón a Carlos por tenerme en cuenta.
Todavía me cuesta creer cuando me dijo: «te propongo un trío: mi novia canta, yo toco la percusión y vos la guitarra».
Daniel.
Desde que tenía trece años he soñado con el día en que una bella mujer me propusiera un trío; a decir verdad, me conformaba una no tan bella.
Leí mil consejos para conquistar mujeres en los que decían que lo importante no era el qué, sino el cómo; incluso en algún sitio aprendí que el momento mágico no se debía dejar perder por ningún motivo, porque sólo se da uno por pareja (ese momento en el que las miradas se cruzan y uno no sabe si está enamorado o tiene una dispepsia).
Durante esos días juveniles siempre estaba atento a las miradas de todas las mujeres para no perder el momento mágico, el momento de la propuesta: ese esperado momento de buen sexo en forma de ménage à trois.
Hoy, después de diez años de larga espera, por fin alguien me mencionó las palabras mágicas poniendo fin a mi calvario. Aunque para mi desagrado no fue una bella, ni siquiera una no tan bella, dama, sino un hombre, panzón, con veintitantos años, halitosis, tres pelos en la barba y diez en el bigote.
Es que nadie se hubiera imaginado que mi amigo Carlos, confidente en algunas ocasiones, guardaespaldas en otras, iba a ser quien dijera la frase que otrora abriera la caja de pandora. Carlos y sus diez pelos en el bigote. Carlos y su halitosis. Carlos y sus ganas de un trío conmigo y su novia.
Yo no sé ustedes qué hubieran hecho, sabios lectores, ante tal propuesta. Yo entré en un estado dubitativo: ¡es que diez años son diez años! Tal vez no vuelva a tener una propuesta así en mucho tiempo. Aunque siendo honestos, el panorama no me emociona demasiado. Hay una mujer, claro está, pero el sólo hecho de pensar que un hombre va a estar al mismo tiempo que yo donde me divierto, me deja un sinsabor que no sé cómo explicar.
De todos modos, es una gran propuesta y le agradezco de corazón a Carlos por tenerme en cuenta.
Todavía me cuesta creer cuando me dijo: «te propongo un trío: mi novia canta, yo toco la percusión y vos la guitarra».
Daniel.
18/06/2010
Dr. Corazón... Relaciones de facebook
A la dirección de Quiero Una Mujer Normal, blog asociado, llegó una carta muy interesante. El remitente quería saber si su relación iba en serio.
De las cosas más difíciles de entender en el mundo de las relaciones sentimentales es el grado de seriedad. Y no depende de quién lleve flores a quién o de proponer matrimonio; eso es lo de menos. Vos podés estar saliendo con tu pareja, llevar seis meses idílicos de promesas a futuro, de noches de película, de presentaciones ante la familia y desayuno a las 2 de la tarde, pero si no aparecés en su red social como el abanderado, déjame decirte que estás frito. Esto es así.
Contrario a lo que nos pasa a los hombres, que cuando nos encontramos en una relación estable nos volvemos más atractivos para las mujeres, el efecto en ellas es otro. Ellas necesitan estar solteras para ser asediadas, para sentirse bonitas todo el tiempo, ¿por qué? Porque es su naturaleza.
A nosotros, los hombres, nos importa muy poco que en nuestra red social aparezca que estamos en una relación, viudos, solteros, comprometidos. Personalmente no he sido de compartir con la gente lo que pasa en mi vida, pero haré una excepción: hace un tiempo salía con una mujer muy linda, muy bien plantada, pero era sólo sexo; ella lo sabía, yo lo sabía. A medida que comenzamos a salir más seguido, su manera de verme comenzó a cambiar y de repente comenzó a dejar ropa interior en mi casa; normal, me dije yo. Luego, su cepillo de dientes, sus pantalones preferidos y la chaqueta de invierno. Hasta aquí todo era normal, pero me di cuenta de que las cosas iban en serio cuando entré al Facebook y tenía esa invitación a confirmar el hecho de que ella y yo estábamos en una relación: entré en pánico y tuvimos qué hablar. Si no hubiera hablado con ella ese mismo día, hoy seguramente iría en camino a ser padre.
Es que es así: para las mujeres una relación «va en serio» cuando en tu situación sentimental aparece ella y viceversa. Eso sí, vos tené cuidado con colgar fotos cuando te vas de rumba, no dejés que te etiqueten, porque las mujeres lo ven todo; ellas no te dicen nada, parecen no enterarse, pero sí lo hacen. Las mujeres en tu Facebook son como la CIA, como los extraterrestres, como la Coca Cola de 5 litros, todos saben que existen, pero nadie lo puede comprobar.
De las cosas más difíciles de entender en el mundo de las relaciones sentimentales es el grado de seriedad. Y no depende de quién lleve flores a quién o de proponer matrimonio; eso es lo de menos. Vos podés estar saliendo con tu pareja, llevar seis meses idílicos de promesas a futuro, de noches de película, de presentaciones ante la familia y desayuno a las 2 de la tarde, pero si no aparecés en su red social como el abanderado, déjame decirte que estás frito. Esto es así.
Contrario a lo que nos pasa a los hombres, que cuando nos encontramos en una relación estable nos volvemos más atractivos para las mujeres, el efecto en ellas es otro. Ellas necesitan estar solteras para ser asediadas, para sentirse bonitas todo el tiempo, ¿por qué? Porque es su naturaleza.
A nosotros, los hombres, nos importa muy poco que en nuestra red social aparezca que estamos en una relación, viudos, solteros, comprometidos. Personalmente no he sido de compartir con la gente lo que pasa en mi vida, pero haré una excepción: hace un tiempo salía con una mujer muy linda, muy bien plantada, pero era sólo sexo; ella lo sabía, yo lo sabía. A medida que comenzamos a salir más seguido, su manera de verme comenzó a cambiar y de repente comenzó a dejar ropa interior en mi casa; normal, me dije yo. Luego, su cepillo de dientes, sus pantalones preferidos y la chaqueta de invierno. Hasta aquí todo era normal, pero me di cuenta de que las cosas iban en serio cuando entré al Facebook y tenía esa invitación a confirmar el hecho de que ella y yo estábamos en una relación: entré en pánico y tuvimos qué hablar. Si no hubiera hablado con ella ese mismo día, hoy seguramente iría en camino a ser padre.
Es que es así: para las mujeres una relación «va en serio» cuando en tu situación sentimental aparece ella y viceversa. Eso sí, vos tené cuidado con colgar fotos cuando te vas de rumba, no dejés que te etiqueten, porque las mujeres lo ven todo; ellas no te dicen nada, parecen no enterarse, pero sí lo hacen. Las mujeres en tu Facebook son como la CIA, como los extraterrestres, como la Coca Cola de 5 litros, todos saben que existen, pero nadie lo puede comprobar.
10/06/2010
Resaca de los veintitantos
La vida me pasa de lado mientras miro el calendario. Diez de junio de dos mil algo; supongo que nueve o diez. Es la una y poco más de la tarde, no hace calor, no hace frío, no hace nada en este cuarto. Estoy solo con mis ideas, mis libros, varios miles de pesos y la lata de una Budweiser de cumpleaños. Desasosiego puede ser la palabra que estoy buscando para definir la resaca de estos veintitantos años.
Esta quietud que me lleva del espanto a la paz es interrumpida por canciones y laberintos mentales. Por lo menos es de día, tengo diez minutos libres y puedo sentarme a describir cómo la vida me pasa de lado y le sucede a los otros, mientras yo espero que me suceda a mí.
De noche no consigo dormir desde hace un tiempo. De día tengo sueño, pero no consigo el descanso. Miedo, angustia, dolor, ganas de describir la mierda ajena, vergüenza y decepción propia es lo que siento cuando aún faltan varias horas para que salga el sol. ¿Que por qué no escribo en la noche y hago catársis? El miedo me paraliza. Escribo de día porque estos rayos de sol, a los que les huyo cada que puedo, me hacen recordar que estoy vivo y que ella está conmigo; de nuevo, vuelve y juega, para siempre.
«Para siempre», vaya expresión. Todo dura «para siempre», siempre y cuando lo traigamos a colación. Nuestro primer beso, por ejemplo, todavía es vigente, es «para siempre» como todos los primeros besos. Las cicatrices que tengo me dicen que todo se cura, que los dolores del pasado nos hacen quienes somos hoy, aunque no los recordemos. «Para siempre» es un minuto y toda la vida y los pájaros que migran en invierno. «Para siempre» bien puede ser «te invito a un café», «te ves muy linda sonriendo», «casémonos», «esto no funciona más» o «andáte a la mierda». A voluntad todo es «para siempre» o todo se borra de inmediato: cuestión de elegir.
No puede ser que haya estado tanto tiempo sin escribir pendejadas en este blog, esa es la razón por la que tengo tanta basura acumulada; tanto hastío. Me pasa que miro mi agenda y no consigo juntar dos horas libres al día, sin embargo les voy robando un poco de tiempo a cada uno de los proyectos que dirijo y conformo para hacerla feliz, para vivir.
Ahora vuelvo a mirar mi agenda y me percato que hace un tiempo anoté: «escribir en el blog». Imagino que tenía una idea acerca de un texto, quizá un chiste, cualquier cosa; ahora no recuerdo nada pero aquí estoy, escribiendo sin escribir, contando sin contar. Patético.
Alguien toca el timbre, yo no pienso abrir —para variar—. Total es alguien vendiendo la quintaesencia de la libertad o un seguro para no morir sin sentido.
Vuelvo a mirar el calendario. Sigue siendo diez de junio, sigue siendo la una y algo de la tarde, sigue sin hacer ni calor ni frío y sigo estando solo con mi resaca de veintitantos años.
Daniel.
Esta quietud que me lleva del espanto a la paz es interrumpida por canciones y laberintos mentales. Por lo menos es de día, tengo diez minutos libres y puedo sentarme a describir cómo la vida me pasa de lado y le sucede a los otros, mientras yo espero que me suceda a mí.
De noche no consigo dormir desde hace un tiempo. De día tengo sueño, pero no consigo el descanso. Miedo, angustia, dolor, ganas de describir la mierda ajena, vergüenza y decepción propia es lo que siento cuando aún faltan varias horas para que salga el sol. ¿Que por qué no escribo en la noche y hago catársis? El miedo me paraliza. Escribo de día porque estos rayos de sol, a los que les huyo cada que puedo, me hacen recordar que estoy vivo y que ella está conmigo; de nuevo, vuelve y juega, para siempre.
«Para siempre», vaya expresión. Todo dura «para siempre», siempre y cuando lo traigamos a colación. Nuestro primer beso, por ejemplo, todavía es vigente, es «para siempre» como todos los primeros besos. Las cicatrices que tengo me dicen que todo se cura, que los dolores del pasado nos hacen quienes somos hoy, aunque no los recordemos. «Para siempre» es un minuto y toda la vida y los pájaros que migran en invierno. «Para siempre» bien puede ser «te invito a un café», «te ves muy linda sonriendo», «casémonos», «esto no funciona más» o «andáte a la mierda». A voluntad todo es «para siempre» o todo se borra de inmediato: cuestión de elegir.
No puede ser que haya estado tanto tiempo sin escribir pendejadas en este blog, esa es la razón por la que tengo tanta basura acumulada; tanto hastío. Me pasa que miro mi agenda y no consigo juntar dos horas libres al día, sin embargo les voy robando un poco de tiempo a cada uno de los proyectos que dirijo y conformo para hacerla feliz, para vivir.
Ahora vuelvo a mirar mi agenda y me percato que hace un tiempo anoté: «escribir en el blog». Imagino que tenía una idea acerca de un texto, quizá un chiste, cualquier cosa; ahora no recuerdo nada pero aquí estoy, escribiendo sin escribir, contando sin contar. Patético.
Alguien toca el timbre, yo no pienso abrir —para variar—. Total es alguien vendiendo la quintaesencia de la libertad o un seguro para no morir sin sentido.
Vuelvo a mirar el calendario. Sigue siendo diez de junio, sigue siendo la una y algo de la tarde, sigue sin hacer ni calor ni frío y sigo estando solo con mi resaca de veintitantos años.
Daniel.
3/12/2009
El Word no enseña a escribir
Lo digo y lo sostengo —sin mucha fuerza porque es liviano—: EL WORD NO ENSEÑA A ESCRIBIR. Ustedes estarán pensando, ¿pero qué pasó, de qué va esto? Y es que no es nada del otro mundo, sólo que estoy cansado de que la gente crea que el Word enseña a escribir.
El Word en cualquiera de sus presentaciones, más que todo en las que tienen licencia —es decir, no tanto el del Open Office—, es una excelente herramienta para los que se decidieron a juntar cinco neuronas y escribir tres párrafos llenos de errores de redacción, ortográficos, tipográficos y, en la mayoría de ellos, psicológicos. La maravilla de esta herramienta es que no hay que saberse las reglas ortográficas de nuestro hermoso y, cada vez más deteriorado, idioma, ya que el Word automáticamente te corrige si escribes mal alguna palabra. Verbigracia si se escribe «exito», Word lo corrige tan rápidamente por «éxito» que el que escribe no alcanza a notar que escribir «exito» fue un error. Sí, esto de la corrección automática es útil y práctico, yo no digo que no lo sea, siempre y cuando se conozca el lenguaje en cuestión; todos podemos equivocarnos y enviar el dedo a la tecla equivocada.
El problema es que, repito, WORD NO ENSEÑA A ESCRIBIR. En nuestro idioma hay palabras que suenan igual, pero por su forma de escribirse tienen distintos significados, las conocidas palabras homófonas. Así que «vaya» suena igual que «baya» y que «valla», pero ni el aviso publicitario, ni el arbusto de frutos, tienen algo que ver con la orden de ir hacia algún lugar —a menos que se diga «vaya hacia la baya que está al lado de la valla»—. Así tenemos a muchísima gente que nunca ha leído nada en su vida —cuando digo nada, me refiero a que en el mejor de los casos leen a sus iletrados amigos por messenger— y se disponen a escribir, hilando sus cinco neuronas, un par de párrafos. ¿Habrase visto alguna vez tantos errores ortográficos juntos? Hace poco tuve la extraña sensación de leer, vía facebook, la palabra «haci», queriéndose referir a «así»: tres errores ortográficos en una palabra que realmente tiene sólo tres letras me parece más estulticia que ignorancia. A este individuo el Word lo hubiera corregido, ya que «haci» es una de las palabras que se marcan como errores pero no se corrigen automáticamente. Aunque, no nos hagamos tantas esperanzas, es posible que el caballero en cuestión pensara que se trataba de un sustantivo y lo corrigiera como «Haci».
Ya está claro: el Word enseña tanto a escribir como la televisión nos hace crecer llenos de valores, exactamente igual. Ahora, sabiendo eso, ¿por qué la gente se empeña en escribir y escribir sin antes tomar un libro —o leerlo, en todo caso— y, como mínimo, tener una referencia literaria? Ya basta con eso, por favor. El lenguaje escrito es una copia del lenguaje oral y aunque yo conozca mucha gente que hablan mal pero tienen buenas ideas, el sólo hecho de oirlos hablar de esa manera, me desanima, me estresa y, con mi personalidad neurótica, me dedico a corregirle mentalmente los errores —no confundir con «corregirle los errores mentales»—. Por mi parte, estoy muy orgulloso de no cometer tantos errores como antes y poder decir a viva voz: ¡ke biban los ortográfia!
Daniel.
El Word en cualquiera de sus presentaciones, más que todo en las que tienen licencia —es decir, no tanto el del Open Office—, es una excelente herramienta para los que se decidieron a juntar cinco neuronas y escribir tres párrafos llenos de errores de redacción, ortográficos, tipográficos y, en la mayoría de ellos, psicológicos. La maravilla de esta herramienta es que no hay que saberse las reglas ortográficas de nuestro hermoso y, cada vez más deteriorado, idioma, ya que el Word automáticamente te corrige si escribes mal alguna palabra. Verbigracia si se escribe «exito», Word lo corrige tan rápidamente por «éxito» que el que escribe no alcanza a notar que escribir «exito» fue un error. Sí, esto de la corrección automática es útil y práctico, yo no digo que no lo sea, siempre y cuando se conozca el lenguaje en cuestión; todos podemos equivocarnos y enviar el dedo a la tecla equivocada.
El problema es que, repito, WORD NO ENSEÑA A ESCRIBIR. En nuestro idioma hay palabras que suenan igual, pero por su forma de escribirse tienen distintos significados, las conocidas palabras homófonas. Así que «vaya» suena igual que «baya» y que «valla», pero ni el aviso publicitario, ni el arbusto de frutos, tienen algo que ver con la orden de ir hacia algún lugar —a menos que se diga «vaya hacia la baya que está al lado de la valla»—. Así tenemos a muchísima gente que nunca ha leído nada en su vida —cuando digo nada, me refiero a que en el mejor de los casos leen a sus iletrados amigos por messenger— y se disponen a escribir, hilando sus cinco neuronas, un par de párrafos. ¿Habrase visto alguna vez tantos errores ortográficos juntos? Hace poco tuve la extraña sensación de leer, vía facebook, la palabra «haci», queriéndose referir a «así»: tres errores ortográficos en una palabra que realmente tiene sólo tres letras me parece más estulticia que ignorancia. A este individuo el Word lo hubiera corregido, ya que «haci» es una de las palabras que se marcan como errores pero no se corrigen automáticamente. Aunque, no nos hagamos tantas esperanzas, es posible que el caballero en cuestión pensara que se trataba de un sustantivo y lo corrigiera como «Haci».
Ya está claro: el Word enseña tanto a escribir como la televisión nos hace crecer llenos de valores, exactamente igual. Ahora, sabiendo eso, ¿por qué la gente se empeña en escribir y escribir sin antes tomar un libro —o leerlo, en todo caso— y, como mínimo, tener una referencia literaria? Ya basta con eso, por favor. El lenguaje escrito es una copia del lenguaje oral y aunque yo conozca mucha gente que hablan mal pero tienen buenas ideas, el sólo hecho de oirlos hablar de esa manera, me desanima, me estresa y, con mi personalidad neurótica, me dedico a corregirle mentalmente los errores —no confundir con «corregirle los errores mentales»—. Por mi parte, estoy muy orgulloso de no cometer tantos errores como antes y poder decir a viva voz: ¡ke biban los ortográfia!
Daniel.
2/12/2009
Entrada con un año de retraso
Cada que viajo, procuro prestar toda la atención antes de sacar mi cámara y tomar dos o tres fotos, que con seguridad veré acompañado y alguna me sorprenderá por no recordar haberla tomado. Desde hace un año que me vengo diciendo que debo escribir acerca de la primera vez que conocí a Buenos Aires, en vez de guardarlo solamente para mí, así que aquí voy. Disculpas pido de antemano si falta claridad en los hechos, si mi viaje se hace estrecho, si me toma por las malas el recuerdo que no fue, si queriendo me despido y envejezco sin querer, si no alcanzan las palabras, el cigarro o el café.
Pisé el cielo de San Telmo, mordí de la Boca sus bragas —en la Bombonera dejé las pocas muchas agallas que le faltan a mi infierno—, mi reloj explotó en Palermo y perdí tres mil batallas. No me monté en el subte ni tome fotos de él, pero sí tangos canté frente a la foto de Gardel. Por la 9 de Julio olvidé la costumbre de regalar carcajadas y en Corrientes, a las patadas, reviví los sueños más lindos, hacer de escribir un oficio, con nicotina y cebada.
Las mentiras aprendí viendo la Casa Rosada, me senté en la desolada banca de Plaza de Mayo y vi cómo fueron los años llevándose por los caños al granero del mundo, mientras los argentinos en un sueño profundo seguían comiendo asado, tomando vino y puteando al destino —o da lo mismo: al presidente de turno—.
¿Y de Cortázar, y de Quino, y de Piazzolla? Constaté que hay que ser piola para ser bien recordado, los amores del pasado no vuelven si sigue el duelo, el amor no viene del quiero —vacío, con sabor a nada—, con humor se llena el alma, se tiran mejor los dados, se renuevan los cansados deseos de seguir vivos, sin reyes y sin castillos suena mejor «te amo».
Hace un año pasó todo y yo sigo recordando, como si pintara borrando,
que lloré en Plaza Dorrego viendo bailar un buen tango. Creo que no olvidaré que en Buenos Aires amé a las morochas de paso, las que cambiaban de un tajo corazones por salvamés. Me asusté al ver cómo pasaban las becarias con los artistas, y llevé de la mano turistas que no entendían una mierda, que se conmovían de Evita y su revolución de izquierda y creyendo en el castellano mezquino, no aprendieron tres palabras del buen lunfardo argentino.
Y yo alargando las noches, tirándome de los coches, vomitando los escritos, regando por Buenos Aires los amores malditos que me matan a reproches. Y yo haciéndome el vivo, el que todo lo ha vivido, el que si no gana empata y al que nada le ha dolido. Y yo sin cerrar este texto y mucho menos el viaje que ha agrandado mi equipaje eliminando pretextos, quitándole miedo al miedo de querer por no querer, guardando las viejas fotos, colándome entre los locos, siendo uno de los pocos que aman sin merecer, haciéndome mi suerte, burlándome de la muerte, recordando sus pisadas por si no la vuelvo a ver.
Daniel.
Pisé el cielo de San Telmo, mordí de la Boca sus bragas —en la Bombonera dejé las pocas muchas agallas que le faltan a mi infierno—, mi reloj explotó en Palermo y perdí tres mil batallas. No me monté en el subte ni tome fotos de él, pero sí tangos canté frente a la foto de Gardel. Por la 9 de Julio olvidé la costumbre de regalar carcajadas y en Corrientes, a las patadas, reviví los sueños más lindos, hacer de escribir un oficio, con nicotina y cebada.Las mentiras aprendí viendo la Casa Rosada, me senté en la desolada banca de Plaza de Mayo y vi cómo fueron los años llevándose por los caños al granero del mundo, mientras los argentinos en un sueño profundo seguían comiendo asado, tomando vino y puteando al destino —o da lo mismo: al presidente de turno—.
¿Y de Cortázar, y de Quino, y de Piazzolla? Constaté que hay que ser piola para ser bien recordado, los amores del pasado no vuelven si sigue el duelo, el amor no viene del quiero —vacío, con sabor a nada—, con humor se llena el alma, se tiran mejor los dados, se renuevan los cansados deseos de seguir vivos, sin reyes y sin castillos suena mejor «te amo».
Hace un año pasó todo y yo sigo recordando, como si pintara borrando,
que lloré en Plaza Dorrego viendo bailar un buen tango. Creo que no olvidaré que en Buenos Aires amé a las morochas de paso, las que cambiaban de un tajo corazones por salvamés. Me asusté al ver cómo pasaban las becarias con los artistas, y llevé de la mano turistas que no entendían una mierda, que se conmovían de Evita y su revolución de izquierda y creyendo en el castellano mezquino, no aprendieron tres palabras del buen lunfardo argentino.
Y yo alargando las noches, tirándome de los coches, vomitando los escritos, regando por Buenos Aires los amores malditos que me matan a reproches. Y yo haciéndome el vivo, el que todo lo ha vivido, el que si no gana empata y al que nada le ha dolido. Y yo sin cerrar este texto y mucho menos el viaje que ha agrandado mi equipaje eliminando pretextos, quitándole miedo al miedo de querer por no querer, guardando las viejas fotos, colándome entre los locos, siendo uno de los pocos que aman sin merecer, haciéndome mi suerte, burlándome de la muerte, recordando sus pisadas por si no la vuelvo a ver.
Daniel.
28/10/2009
Hubo un tiempo...
Hubo un tiempo en el que solía creer en cuentos con finales felices, con buenos que vencían malos y conquistaban princesas y no perdían el tiempo y no morían en vano. Hubo un tiempo en el que solía creer en la honestidad de las miradas en los bares, en los «te amo» con tufo a vino tinto, en los besos de mañana —qué buen detalle—, en que la resaca daba sólo los domingos. Hubo un tiempo en el que solía creer en las escondidas, en juegos, en besos robados, en miradas furtivas, en la hora del té e irse a la cama. Hubo un tiempo en el que solía creer en los desencuentros casuales, en las llamadas perdidas, en los amores a perpetuidad, en los finales con segundas partes. Hubo un tiempo en el que solía creer en el olor del whiskey, en los escritos que no van a ningún sitio, en las cenizas en ayunas. Hubo un tiempo en el que solía creer en besos comprados, en tiempos invertidos en relación a felicidades logradas, en tiquetes de entrada y de salida. Hubo un tiempo en el que solía creer en el Carpe Diem, en el dar sin recibir, en la realización del ser.
Ahora parece que hay un tiempo en el que creo en cuentos con felicidades logradas, con buenos que vencen resacas y princesas con miradas furtivas. En llamadas casuales y desencuentros a perpetuidad y segundas partes con vino tinto e irse a la cama. En el Carpe del ser, en el Diem con besos de mañana. En tiquetes robados y amores de entrada y de salida. En los juegos sin ceniza y en los escritos en ayunas.
Daniel.
Ahora parece que hay un tiempo en el que creo en cuentos con felicidades logradas, con buenos que vencen resacas y princesas con miradas furtivas. En llamadas casuales y desencuentros a perpetuidad y segundas partes con vino tinto e irse a la cama. En el Carpe del ser, en el Diem con besos de mañana. En tiquetes robados y amores de entrada y de salida. En los juegos sin ceniza y en los escritos en ayunas.
Daniel.
15/10/2009
Dr. Corazón... Sobre seguir el protocólo del cortejo (o no)
¿No les ha pasado que están con su próxima pareja —que aún no sabe que lo será— y no saben concretamente si decir lo que están pensando? Porque, no nos mintamos, uno tiene demasiados pensamientos aleatorios que se contradicen aún mostrando lo que realmente se piensa, pensamientos que a veces no tienen sentido y que, incluso, llegan a cambiar de súbito el estado de ánimo. Por lo menos a mí me pasa todo el tiempo, incluso cuando no tengo la presión de tener que decir lo «correcto».
Así sucede cuando estoy con alguien, si empiezo a pensar en decirle que deberíamos irnos a bailar, termino diciéndole que qué jodida esa cicatriz que tiene, o de qué forma ridícula se ha popularizado el Facebook y por qué mi mala memoria afecta a las relaciones que tengo. Cosas que normalmente pasan en una conversación cualquiera, pero no en una primera conversación de la que depende nuestro éxito o fracaso rotundo con la/el especímen —aunque en nuestro caso, el especímen siempre termina siendo uno mismo—. De modo que habrá que ponerse a analizar qué ventajas tiene seguir el protocólo del cortejo, contemplando cautelosamente las posibilidades que hay en caso de que el cortejo sea exitoso.
No voy a hablar de las conversaciones normales que se dan entre la gente común y corriente y que, con gran frecuencia, terminan en la cama. Voy a hablar, en cambio, de aquellas conversaciones que no tienen ni pies ni cabeza, de esas conversaciones tan complicadas que uno tiene que hacer una pregunta para saber si la otra persona aún se encuentra en la misma órbita que uno, de esas conversaciones en las que uno no sabe siquiera cómo terminarlas. Yo no soy muy devoto de este tipo de gente a la que hay que sacarle las palabras, pero confieso que en algún par de ocasiones no he tenido más remedio que entablar una especie de monólogo con ping (mis amigos informáticos sabrán de lo que hablo), sólo para terminar diez veces más aburrido y sin ganas de nada.
¿Qué nos dice el protocolo del cortejo? En primer lugar no hay que ser egocéntrico, pero tampoco sumiso; hay que tener carácter, pero ser dócil; hay que tener un buen sentido del humor, pero no ser un payaso; hay que contar un par de cosas interesantes, pero no ser un profesor; hay que saber escuchar, pero tampoco ser mudo; hay que ser romántico, pero no ser empalagoso; hay que ser intrigante, pero no ser un misterio; hay que ser enterado de la tecnología, pero no un nerd; hay que tener facebook, pero no usarlo; hay que ser caballero, pero no hacerla sentir inútil; hay que invitarla, pero dejar que pague lo que quiera; entre muchas otras cosas. En segundo lugar, en caso de que uno haya practicado a cabalidad estas normas básicas y que éstas hayan dado resultado —lo cual no sucede en un 85% de las veces—, la pareja aún no va a saber cómo es uno, ya que uno se ha ceñido al protocólo del cortejo inhabilitando que la espontaneidad fluya. De modo que no va a pasar mucho tiempo para que todo el trabajo se venga al suelo; aunque tal vez haya habido un buen sexo de por medio... al menos uno.
Claro que somos varios los que preferimos no seguir ningún protocólo y ahorrarnos los comentarios fáciles y rápidos que van interviniendo en dicho protocólo y que la mujer ya se debe saber de memoria. De modo que vamos por el mundo siendo un poco menos comúnes, bastante espontáneos, poco asimilables, tercos a más no poder y, en algunas ocasiones, un disparo de sinceridad en el oído ajeno. Uno puede ser más feliz de esta manera, digo sin seguir ningún protocólo, y aunque tal vez de esta forma se consigan menos mujeres que lo quieran llevar a la cama, las que se consiguen son de calidad Mega Premium.
Daniel.
Así sucede cuando estoy con alguien, si empiezo a pensar en decirle que deberíamos irnos a bailar, termino diciéndole que qué jodida esa cicatriz que tiene, o de qué forma ridícula se ha popularizado el Facebook y por qué mi mala memoria afecta a las relaciones que tengo. Cosas que normalmente pasan en una conversación cualquiera, pero no en una primera conversación de la que depende nuestro éxito o fracaso rotundo con la/el especímen —aunque en nuestro caso, el especímen siempre termina siendo uno mismo—. De modo que habrá que ponerse a analizar qué ventajas tiene seguir el protocólo del cortejo, contemplando cautelosamente las posibilidades que hay en caso de que el cortejo sea exitoso.
No voy a hablar de las conversaciones normales que se dan entre la gente común y corriente y que, con gran frecuencia, terminan en la cama. Voy a hablar, en cambio, de aquellas conversaciones que no tienen ni pies ni cabeza, de esas conversaciones tan complicadas que uno tiene que hacer una pregunta para saber si la otra persona aún se encuentra en la misma órbita que uno, de esas conversaciones en las que uno no sabe siquiera cómo terminarlas. Yo no soy muy devoto de este tipo de gente a la que hay que sacarle las palabras, pero confieso que en algún par de ocasiones no he tenido más remedio que entablar una especie de monólogo con ping (mis amigos informáticos sabrán de lo que hablo), sólo para terminar diez veces más aburrido y sin ganas de nada.
¿Qué nos dice el protocolo del cortejo? En primer lugar no hay que ser egocéntrico, pero tampoco sumiso; hay que tener carácter, pero ser dócil; hay que tener un buen sentido del humor, pero no ser un payaso; hay que contar un par de cosas interesantes, pero no ser un profesor; hay que saber escuchar, pero tampoco ser mudo; hay que ser romántico, pero no ser empalagoso; hay que ser intrigante, pero no ser un misterio; hay que ser enterado de la tecnología, pero no un nerd; hay que tener facebook, pero no usarlo; hay que ser caballero, pero no hacerla sentir inútil; hay que invitarla, pero dejar que pague lo que quiera; entre muchas otras cosas. En segundo lugar, en caso de que uno haya practicado a cabalidad estas normas básicas y que éstas hayan dado resultado —lo cual no sucede en un 85% de las veces—, la pareja aún no va a saber cómo es uno, ya que uno se ha ceñido al protocólo del cortejo inhabilitando que la espontaneidad fluya. De modo que no va a pasar mucho tiempo para que todo el trabajo se venga al suelo; aunque tal vez haya habido un buen sexo de por medio... al menos uno.
Claro que somos varios los que preferimos no seguir ningún protocólo y ahorrarnos los comentarios fáciles y rápidos que van interviniendo en dicho protocólo y que la mujer ya se debe saber de memoria. De modo que vamos por el mundo siendo un poco menos comúnes, bastante espontáneos, poco asimilables, tercos a más no poder y, en algunas ocasiones, un disparo de sinceridad en el oído ajeno. Uno puede ser más feliz de esta manera, digo sin seguir ningún protocólo, y aunque tal vez de esta forma se consigan menos mujeres que lo quieran llevar a la cama, las que se consiguen son de calidad Mega Premium.
Daniel.
29/09/2009
Dr. Corazón... Líos de faldas
Mi día había comenzado perfectamente normal, es decir bastante diferente al resto —de la gente—. Ya estaba bañado y preparándome el desayuno cuando llamaron al portero de mi casa. No contesté porque por esta calle siempre es lo mismo: alguien pidiendo plata, un testigo de Jehová o una vecina que olvidó sus llaves. No contesté porque, si bien me parecería bueno llegar a conocer a mis vecinos algún día, el día estaba muy frío y no tenía ganas de verme comprometido a salir una vez quien fuera que estuviera llamando supiera que estaba en casa. Nuevamente llamaron a mi puerta y fue inevitable contestar, ya no por curiosidad sino por detener ese fastidioso pitido que tiene mi portero (léase citófono o teléfono de citas... no, eso último no).
Después de ofrecerle un café a Esteban, me contó que no sabía qué hacer y no tenía a quién más buscar. Casi le pego, en serio. A mí que me tomen por primera opción o que no me tomen directamente, ¿pero cómo es eso de que no tenía a quién más buscar? Es que cuando a uno lo buscan lo deberían hacer sentir como la primera opción, como la quintaesencia de la sabiduría, como a la última Coca-Cola del desierto, como el trapito que más limpia; todo a la vez. Estiven —o Esteban o Esneider, ustedes díganle como quieran que yo tampoco me acuerdo demasiado bien de los nombres. De hecho, aún no sé bien cómo se llama, sé que empieza por E—, me contó que andaba metido en un lío de faldas y yo le aconsejé que las pagara para evitar problemas. Luego me contó que no se trataba de las prendas de vestir mayormente para mujeres, sino más bien de unas mujeres que había desvestido mayormente prendido.
La primera de las mujeres que se fijó en Esdrubal se llama, creo, Marcela. Y resulta que llevaban saliendo durante tres meses cuando este caballero se enamoró de su prima —de la prima de Marcela— y ella, que se llama Claudia creo, lo intentó conquistar, rectifico: lo logró conquistar, fácilmente; al parecer el mal gusto viene de familia. Según Ezequiel, Las cosas entre Marcela y su prima fueron muy bien manejadas para evitar problemas, precisamente por Marcela y su prima, ya que Esneider se mantenía manejado por ambas. Eran muy distintas, mientras una le pedía que la llevara al Centro Comercial y le comprara la ropa más fina, la otra sólo le pedía ropa más fina que la que le compraba a la una. Fueron días duros, dice el mismo Ernesto, la plata no le alcanzaba para nada, ni siquiera para los pasajes hasta la casa de ellas, que vivían juntas, y muchas veces tampoco le alcanzaba para ir al trabajo.
Ahora, sin trabajo, tomando un café en mi comedor, me contó cómo sus dos mujeres lo van despreciando por otros tipos que sí tienen trabajo y él no entiende por qué no le reconocen todo lo que él hizo por ellas, aunque sea con un recibo de caja. Yo le digo que no se preocupe, que mejor con efectivo. Finalmente, Emilio, salió de mi casa, un poco enojado por no tener aún solución a su problema. Creía fehacientemente que sus dos mujeres no eran interesadas, sino amorosas. Tanto amor no lo podían guardar para él solo, así que se empeñaban en no desperdiciarlo para ellas solas. Yo le dije que eran promiscuas y él me respondió que no, que eran primas; al parecer, no me entendió.
En todo caso, yo no recomiendo meterse en líos de faldas: yo opto por llevar una vida relajada. Esto le puede parecer a mucha gente contradictorio, pero no lo es. Si satisfacer a una sola mujer es tan difícil—sin decir que es imposible—, complacer a dos es realmente imposible; ejemplo de esto es que no se puede complacer simultáneamente a una hija y a la esposa, o a la madre y a la novia. Algunos recomendarían que para llevar una vida más relajada basta con no tener ninguna mujer, otros recomendarían, misóginos, que ante la soledad de una vida relajada es mejor comprar un perro. Pero ya sabemos todos los problemas que acarrea el estar soltero, entre ellos no saber qué día de la semana es o no tener noción de lo que es enojarse, desenojarse, alegrarse, entristecerse, arrepentirse, esperanzarse, contentarse, sosegarse, encolerizarse, apaciguarse, renegarse y vanagloriarse, todo en treinta segundos.
Daniel.
Después de ofrecerle un café a Esteban, me contó que no sabía qué hacer y no tenía a quién más buscar. Casi le pego, en serio. A mí que me tomen por primera opción o que no me tomen directamente, ¿pero cómo es eso de que no tenía a quién más buscar? Es que cuando a uno lo buscan lo deberían hacer sentir como la primera opción, como la quintaesencia de la sabiduría, como a la última Coca-Cola del desierto, como el trapito que más limpia; todo a la vez. Estiven —o Esteban o Esneider, ustedes díganle como quieran que yo tampoco me acuerdo demasiado bien de los nombres. De hecho, aún no sé bien cómo se llama, sé que empieza por E—, me contó que andaba metido en un lío de faldas y yo le aconsejé que las pagara para evitar problemas. Luego me contó que no se trataba de las prendas de vestir mayormente para mujeres, sino más bien de unas mujeres que había desvestido mayormente prendido.
La primera de las mujeres que se fijó en Esdrubal se llama, creo, Marcela. Y resulta que llevaban saliendo durante tres meses cuando este caballero se enamoró de su prima —de la prima de Marcela— y ella, que se llama Claudia creo, lo intentó conquistar, rectifico: lo logró conquistar, fácilmente; al parecer el mal gusto viene de familia. Según Ezequiel, Las cosas entre Marcela y su prima fueron muy bien manejadas para evitar problemas, precisamente por Marcela y su prima, ya que Esneider se mantenía manejado por ambas. Eran muy distintas, mientras una le pedía que la llevara al Centro Comercial y le comprara la ropa más fina, la otra sólo le pedía ropa más fina que la que le compraba a la una. Fueron días duros, dice el mismo Ernesto, la plata no le alcanzaba para nada, ni siquiera para los pasajes hasta la casa de ellas, que vivían juntas, y muchas veces tampoco le alcanzaba para ir al trabajo.
Ahora, sin trabajo, tomando un café en mi comedor, me contó cómo sus dos mujeres lo van despreciando por otros tipos que sí tienen trabajo y él no entiende por qué no le reconocen todo lo que él hizo por ellas, aunque sea con un recibo de caja. Yo le digo que no se preocupe, que mejor con efectivo. Finalmente, Emilio, salió de mi casa, un poco enojado por no tener aún solución a su problema. Creía fehacientemente que sus dos mujeres no eran interesadas, sino amorosas. Tanto amor no lo podían guardar para él solo, así que se empeñaban en no desperdiciarlo para ellas solas. Yo le dije que eran promiscuas y él me respondió que no, que eran primas; al parecer, no me entendió.
En todo caso, yo no recomiendo meterse en líos de faldas: yo opto por llevar una vida relajada. Esto le puede parecer a mucha gente contradictorio, pero no lo es. Si satisfacer a una sola mujer es tan difícil—sin decir que es imposible—, complacer a dos es realmente imposible; ejemplo de esto es que no se puede complacer simultáneamente a una hija y a la esposa, o a la madre y a la novia. Algunos recomendarían que para llevar una vida más relajada basta con no tener ninguna mujer, otros recomendarían, misóginos, que ante la soledad de una vida relajada es mejor comprar un perro. Pero ya sabemos todos los problemas que acarrea el estar soltero, entre ellos no saber qué día de la semana es o no tener noción de lo que es enojarse, desenojarse, alegrarse, entristecerse, arrepentirse, esperanzarse, contentarse, sosegarse, encolerizarse, apaciguarse, renegarse y vanagloriarse, todo en treinta segundos.
Daniel.
28/09/2009
De las rutinas de espera
De nuevo atravieso a nado la terminal de buses. Ahogándome de tedio la cruzo de lado a lado. Imagino cómo soy el que es esperado en algún punto o el que por coincidencia se encuentra con un viejo amigo. Pido una taza de café con la esperanza intacta y la imagen de ella finamente colocada por dentro de mis lentes. Comienzo la inoficiosa rutina de la espera: reviso a quiénes tengo al lado, me rasco la cabeza, me acaricio el mentón, dejo de mirar a la gente y comienzo a imaginarme una escena —a veces soy el héroe y otras el villano; a veces soy el espectador y otras el protagonista—. Después de un rato las ideas se me mezclan y pierdo la poca objetividad y me digo que esto debería escribirlo en el blog en vez de simplemente pensarlo y que sería bueno que dejara de divagar tanto sobre cualquier cosa mientras espero porque lo mejor sería comprarme una revista aunque realmente lo mejor sería sentarme frente al monitor para nuevamente quedar en blanco y salir otro día a la terminal de buses para volver a pensar que seriamente me debería tomar el trabajo de escribir lo que pienso cuando no tengo nada qué hacer y que quede registrado en algún sitio además de mi cabeza... bien.
El café siempre aparece, con la joven que atiende y que pone una falsa sonrisa sólo cuando te entrega el café y la cuenta, después de repetir tres veces la rutina de la espera. Aún faltan cuarenta minutos para emprender el viaje; el viaje que significa estar vivo, que significa tener hambre de besos, que significa endulzar una canción. Es muy curioso cómo los primeros treinticinco minutos se van volando sólo para que los cinco restantes tarden una eternidad en pasar. De nuevo aparece la ansiedad y voy a pagar directamente a la caja para que el bus no me deje, llevándose con él el viaje que ya había comenzado a emprender.
Siempre olvido el número del asiento para huirle a la monotonía de sentarme donde me toca, aunque luego me hagan mover hasta el asiento que me corresponde. Nuevamente, después de haber salido a nado de esa gran terminal y estar en el barco que me llevará al nuevo continente, comienzo con la rutina de la espera y me digo que ya falta mucho menos que antes para verla y para decirle cualquier cosa y verla reír y tomarnos un café y dejar de pensar para comenzar a sentir y encontrar en nosotros lo que busco y busqué. Tal vez le demos forma a lo que he buscado, tal vez nunca la tuvo, tal vez no se la quise dar; aún no lo sé.
Una forma de saber lo que uno busca es saber qué es lo que no busca y ahí, podríamos decir, que tengo cierta experiencia: yo no busco pasiones bajitas, ni amores de primavera, ni puntos suspensivos, ni mentiras por no callar, ni silencios en mi guitarra, ni pañuelos sin lágrimas, ni desencontrarla los lunes, ni ansiedad prepagada, ni contratos matrimoniales, ni alergias al contacto, ni sexo premeditado, ni compañía sorda, ni amigos mudos, ni conciencia ciega, ni justicia coja. Ya falta poco para llegar al nuevo continente y cambiar la historia. Ya falta poco para atravesar a nado otra terminal y ahogarme de tedio si, por coincidencia, no me la encuentro.
Daniel.
El café siempre aparece, con la joven que atiende y que pone una falsa sonrisa sólo cuando te entrega el café y la cuenta, después de repetir tres veces la rutina de la espera. Aún faltan cuarenta minutos para emprender el viaje; el viaje que significa estar vivo, que significa tener hambre de besos, que significa endulzar una canción. Es muy curioso cómo los primeros treinticinco minutos se van volando sólo para que los cinco restantes tarden una eternidad en pasar. De nuevo aparece la ansiedad y voy a pagar directamente a la caja para que el bus no me deje, llevándose con él el viaje que ya había comenzado a emprender.
Siempre olvido el número del asiento para huirle a la monotonía de sentarme donde me toca, aunque luego me hagan mover hasta el asiento que me corresponde. Nuevamente, después de haber salido a nado de esa gran terminal y estar en el barco que me llevará al nuevo continente, comienzo con la rutina de la espera y me digo que ya falta mucho menos que antes para verla y para decirle cualquier cosa y verla reír y tomarnos un café y dejar de pensar para comenzar a sentir y encontrar en nosotros lo que busco y busqué. Tal vez le demos forma a lo que he buscado, tal vez nunca la tuvo, tal vez no se la quise dar; aún no lo sé.
Una forma de saber lo que uno busca es saber qué es lo que no busca y ahí, podríamos decir, que tengo cierta experiencia: yo no busco pasiones bajitas, ni amores de primavera, ni puntos suspensivos, ni mentiras por no callar, ni silencios en mi guitarra, ni pañuelos sin lágrimas, ni desencontrarla los lunes, ni ansiedad prepagada, ni contratos matrimoniales, ni alergias al contacto, ni sexo premeditado, ni compañía sorda, ni amigos mudos, ni conciencia ciega, ni justicia coja. Ya falta poco para llegar al nuevo continente y cambiar la historia. Ya falta poco para atravesar a nado otra terminal y ahogarme de tedio si, por coincidencia, no me la encuentro.
Daniel.
26/08/2009
Un montón de miedos
Él, muy él mientras la mira en la distancia; él, muy ajeno mientras se mira en el espejo y piensa; él, muy él decidiendo escribirle a ella, muy ella, que sin él saberlo ha decidido esperarlo. Ella, muy ella mientras se deja invitar a mundos inhabitados, a castillos sin sirvientes, a casas sin puertas ni ventanas, a paraísos de piedra y cartón; ella, muy ella mientras lo piensa y se translada cuatrocientos, o cuatro mil, kilómetros para tocarle la punta de la nariz; ella, muy ella cuando por entre las comisuras de los labios, lo siente besarla. Así que él, muy él, toma papel y su bolígrafo y, dispuesto a invitarla a su vida le confiensa sus miedos mientras la tutea, escribiendo:
Daniel.
«¿Y qué pasa si te digo que necesito tu complicidad de las tardes?, ¿que para mantenerme atado a tus vuelos necesito de tus noches y los secretos que me confías después de hacer el amor?, ¿qué pasaría si doy el salto hacia tí de una vez por todas y tú lo aceptas?, ¿qué sería de nosotros si —de todos modos— no lo intentara?Ella, muy él, lee y relee la carta donde la tutean y le confiensan un montón de miedos. Él, muy ella, se impacienta y el tiempo pasa lento, pero él, muy él, no sabe aprovecharlo de otra manera que pensándola y siendo feliz por los dos. Ellos, muy ellos y con sus dudas y con sus deseos de iniciar aventuras, historias y cuentos; ellos, muy ellos, perdiéndose en las letras y en la caricaturezca situación en la que la vida transcurre; ellos, muy ellos sin él, muy ellos sin ella; ellos, muy ellos, jugando a ser felices, mientras el frío les pasa de lado.
El miedo es mutuo y también el deseo, el deseo de estar juntos, o de simplemente estar. Me llevas a un estado en el que disfruto estar, parece que en este estado habito desde que creaste el universo con tu risa y con él las colonias y los escritores que nos escribieron en todos los libros de la historia. Murguerita, ahora no sé qué pasaría si te digo que necesito de tu complicidad, de tus secretos, de la calidez de tus besos y de tu risa ¡Ah!, y sí que necesito de tu risa. Tu risa que, en resumen, eres tú y tus ganas de seguir a mi lado, eres tú y tus ganas de creerme, tus ganas de creer esto que nos pasa hoy.
No sé cómo decirte tantas cosas y, en parte o a veces, es porque no soy de fiar para tí y por eso hoy me rasco la cabeza y me siento hasta las seis de la mañana escribiéndote y esperándote en la salita de mi casa. Tal vez la vida me de un empujón y logres creerme para que todas estas palabras tengan sentido y para que tu compañía le de una tregua a mi salud y a mis ojeras».
Daniel.
1/08/2009
De 22, de 50
Hoy me siento de 22 años por primera vez en mucho tiempo y tengo miedo y tengo energías y tengo dudas de hacia dónde voy. Hoy me siento de 22 años y lo triste de ser tan joven es que cuando encuentras una mujer y la amas de verdad, no le puedes expresar lo que realmente sientes, porque uno no comienza a escribir poesía cuando se enamora, así como tampoco comienza a ser sincero en las despedidas; uno es un proceso que gira, que va y regresa sin dirección aparente. Hoy me siento de 22 años y siento que no puedo escribir que la necesito de la manera en que realmente la necesito para que ella me llame y me diga que va a seguir desordenando mi vida en esa forma excepcional.
Las palabras de amor, las que se conocen, las he repetido una y otra vez encontrándolas maravillosas, tan precisas; pero hoy me saben rancias, no por haberse fermentado en la espera, sino por haber sido dichas por mí en otras ocasiones. Hoy me siento de 22 años y quiero que todo sea nuevo, que cuando te estreche la mano o te diga que te preparé el desayuno, suene a promesa; pero no sé cómo hacerlo, porque estoy joven y tengo dudas acerca de lo que podamos sentir.
Todo hace parte del mismo juego, y tú y yo estamos en él, y sólo hace falta una mirada para voltearme el mundo y rejuvenecernos y tirarnos en el sofá y hacer el amor en la hierba y reírnos hasta llorar y dejarnos. Tengo 22 años y tengo el mundo por delante, aunque piense por unos segundos que lo tengo por detrás, que todo lo he vivido, que nada nuevo va a cambiarme y ahora es que me siento de 50 años, recordando y echándote de menos, extrañando mis hijos, mis amigos, la nostalgia de lo que aún no conozco, mientras termino de escribir esto para ir a abrazarlos a todos. Lo bueno de sentirse viejo es que de repente todo es demasiado nuevo y no da miedo decirte te amo o escondámonos o juguemos a que no te conozco. Cuando te sientes viejo, siempre encuentras las palabras precisas que sirven como consejos tanto como caricias y nunca ofendes a nadie y todo estará bien en cinco minutos.
Daniel.
Las palabras de amor, las que se conocen, las he repetido una y otra vez encontrándolas maravillosas, tan precisas; pero hoy me saben rancias, no por haberse fermentado en la espera, sino por haber sido dichas por mí en otras ocasiones. Hoy me siento de 22 años y quiero que todo sea nuevo, que cuando te estreche la mano o te diga que te preparé el desayuno, suene a promesa; pero no sé cómo hacerlo, porque estoy joven y tengo dudas acerca de lo que podamos sentir.
Todo hace parte del mismo juego, y tú y yo estamos en él, y sólo hace falta una mirada para voltearme el mundo y rejuvenecernos y tirarnos en el sofá y hacer el amor en la hierba y reírnos hasta llorar y dejarnos. Tengo 22 años y tengo el mundo por delante, aunque piense por unos segundos que lo tengo por detrás, que todo lo he vivido, que nada nuevo va a cambiarme y ahora es que me siento de 50 años, recordando y echándote de menos, extrañando mis hijos, mis amigos, la nostalgia de lo que aún no conozco, mientras termino de escribir esto para ir a abrazarlos a todos. Lo bueno de sentirse viejo es que de repente todo es demasiado nuevo y no da miedo decirte te amo o escondámonos o juguemos a que no te conozco. Cuando te sientes viejo, siempre encuentras las palabras precisas que sirven como consejos tanto como caricias y nunca ofendes a nadie y todo estará bien en cinco minutos.
Daniel.
1/06/2009
Amores precoces
Ya comenzaba a oscurecer y se podía decir que era un viernes tranquilo en el corazón del barrio Chapinero, de la ciudad de Bogotá. En medio de la plaza de Lourdes un grupo de gente se arremolinaba para atender a los cuenteros, quienes a su vez esperaban a tener un numeroso público para dar comienzo a su función.
— ¿No ves? Uno siempre está buscando algo que ya tiene; mira esa gente, viene a buscar historias ajenas para que les recuerden las propias: qué ridículo —decía Juan Carlos, mientras caminaba al lado de Ivana por el lado de la plaza—. Siempre he pensado, flaca, que uno o viene a cuenteros o vive sus propias historias, no se pueden hacer las dos —Ivana continuaba caminando al lado de Juan Carlos, sin prestarle demasiada atención. Al lado de la iglesia de Lourdes, estaba la habitual patrulla policial—. Flaca, vamos mejor para el Gato que aquí me siento como un niño en una guardería, no falta sino que estos tombos nos pidan la cédula.
Ivana había pasado de prestarle poca atención a directamente no prestársela de ningún modo, en vez de eso miraba los intentos del cuentero por llamar la atención del público. Finalmente, Juan Carlos le agarró el brazo y ella salió de su ensimismamiento.
— Flaca, ¿vamos al Gato o no?
— No sé, Juan, hasta tan allá no creo que vaya. Si quieres nos quedamos por acá cerca un rato, yo igual viajo a las nueve.
— Como sea, pero vámonos lejos de estos policías que ya me están mirando con ganas; no faltaba sino que fueran maricas.
— Tú quédate tranquilo, Juan, de todos modos no tienen tan mal gusto.
— Já, já.
Dentro de una bolsa blanca, en un intento fallido de camuflaje, se encontraba la media botella de Ron Viejo de Caldas. Ivana estaba sentada encima de una de sus piernas en una banca de la plaza, al lado de Juan Carlos. Seguía sin prestarle demasiada atención a sus palabras, a sus gestos, a sus risas espontáneas, pero aburridas. Mientras él le contaba algo acerca de cómo escribir a mano era mucho mejor que en el computador, ella escribía —disimuladamente— un mensaje en su celular.
— ¿Así estoy de aburrido? —dijo Juan Carlos sin obtener respuesta— Ya vuelvo.
Juan Carlos se paró de la banca y sacó un cigarrillo, después de rebuscar su encendedor por todas partes, se acercó a un grupo de jóvenes que habían estado en cuenteros. Cuando volvió dijo: «seguro que esas no tienen vida, flaca». «Seguro, Juancho», Ivana ya había terminado de escribir el mensaje y había leído justo la respuesta que necesitaba para cambiar su semblante.
Desde que Juan Carlos había conocido a Ivana, habían transcurrido exactamente seis años y tres meses, fecha en que había terminado con Hanna. Ese día, Juan Carlos, había ido por primera vez a un bar llamado El Gato, Ivana era amiga de la dueña y estaba en la barra cuando él se le acercó buscando un encendedor, «perdón, es que se me acabó de perder». Ese día en El Gato, Juan Carlos confundió treinta y seis veces a Ivana con Hanna; ese día, Ivana se fumó treinta y seis cigarrillos; ese día, Juan Carlos perdió la guerra con Ivana sin siquiera pelearla; con el tiempo se volvieron amigos por inercia, por no estar solos.
— Vamos por las cosas, flaca, ya va siendo hora —dijo apretándole suavemente el muslo a Ivana—.
En el bus rumbo a Medellín, Ivana pensaba en Camilo, en Juan Carlos, en el aviso de «prohibido fumar», en los cuenteros de la plaza de Lourdes, pero sobretodo en Camilo. Por su cabeza pasaban frases cliché de bienvenida, frases con motivos y sin sentido. Pasaban las frases de películas famosas, pasaban las frases de los Best-Sellers de poesía, pasaban las frases inacabables de Juan Carlos, pasaban las frases de Camilo. Mientras tanto en Medellín, por la cabeza de Camilo pasaban sus propias recriminaciones mientras jugaba billar con Julián.
— ¿Y no le pudiste decir la verdad, entonces? —dijo Julián, acomodándose para tacar la bola.
— No pude, compadre, ¿qué querías que hiciera?
— Que le respondieras que no te jodiera en el mensaje del celular, loco —respondió Julián, pegándole por fin y fallando—. Ah, ¡maldita sea!, ¡por tu culpa!
— Hombre, una cosa es que no le pude decir la verdad a Ivana, otra es que vos no jugués billar —dijo Camilo y tomó un sorbo de cerveza.
Julián sentía pena por Camilo, si bien era su mejor amigo y lo conocía más que a nadie, no entendía su incapacidad de apartarse de Ivana. Ivana, que a los ojos de Julián era una mujer cualquiera, se había enamorado de Camilo, pese a las distancias, pese a su mal humor. Julián, que a los ojos de Ivana era una mala influencia para el bueno de Camilo, estaba preocupado por su amigo, pese a la pena, pese a la buena cara que le intentaba poner a la situación. Dos turnos después, Julián hizo una carambola y rompió el silencio:
— ¿Entonces qué le vas a decir cuando venga?, ¿qué no la querés ver ni en pintura o qué?
— Hermano, no hablés bobadas y, más bien, ayudáme a pensar qué le digo en serio.
— ¿Qué tal si le decís que tenés tuberculosis y no querés que ella te vea morir?
— Julián… ya nadie muere por tuberculosis.
— ¿Y qué tal si le decís que vendiste la colección de discos de Pink Floyd original y estás tan deprimido que te vas a suicidar?
— Hermanito… ella sabe que no tengo una colección de discos de Pink Floyd.
— Decíle que no estás enamorado de ella y punto.
Camilo miró al piso con cara de frustación y tomó cerveza; Julián también tomó cerveza y como arreglando la situación le dio un golpecito amistoso en la espalda
— Entonces estás jodido —concluyó, alzando la mano para llamar a la mesera—, más bien tomáte esa cerveza que se te va a calentar.
Seis horas más de frases y frases en la cabeza de Ivana, seis horas sin poder dormir esperando el anhelado encuentro, seis horas que parecieron diez, quince, cien. Cuando el bus de Ivana llegó a la Terminal de Transportes de Medellín, Camilo estaba esperándola junto a su mejor amigo interrumpiendo lo que, para Ivana, hubiera sido el encuentro más romántico de la era posmoderna.
— Hola Julián —dijo secamente Ivana, mientras se abrazaba a Camilo.
— Hola Ivana —Bromeó Julián, abrazándose también a Camilo.
— Bueno, relájense que hay Camilo para rato.
Cuando entraron al café que Ivana había elegido al azar, los tres tomaron asiento y Camilo sacó una libretita de apuntes, poniéndose los lentes de lectura.
— Mi patria sos vos… —dijo Camilo como esperando una respuesta, mirando a sus dos atónitos acompañantes.
— Sí, ¿qué sigue? —dijo Julián
— No sé, apenas voy ahí…
— ¿Y esa es tu novela? No jodás, me hubieras dicho que te acompañara por Ivana y ya, no me hubieras sentado en esta mesa con falsas promesas —dijo Julián haciéndose el ofendido—. Ahora en serio, leénos la novela.
— Esa es, es que es una novela minimalista; pero ¡no me digan que no está buena!
— Bueno mujer, yo me tengo que ir —dijo mirando a Ivana—. Pobre de vos, ahí te lo dejo, me lo cuidás.
Julián salió del lugar y se despidió por última vez antes de cruzar la calle. Camilo se quedó en silencio mirándola y a ella se le olvidaron todas las frases que había pensado una y otra vez en el camino; para ella la vida había valido la pena por sólo haber vivido ese momento, para él la verdad tenía que ser dicha en algún momento. Ella le tomó la mano por encima de la mesa y él sintió que debía romper el silencio. Finalmente, miró detenidamente su café y dijo en voz baja:
— Estoy muy feliz de que hayás venido para quedarte.
Daniel.
— ¿No ves? Uno siempre está buscando algo que ya tiene; mira esa gente, viene a buscar historias ajenas para que les recuerden las propias: qué ridículo —decía Juan Carlos, mientras caminaba al lado de Ivana por el lado de la plaza—. Siempre he pensado, flaca, que uno o viene a cuenteros o vive sus propias historias, no se pueden hacer las dos —Ivana continuaba caminando al lado de Juan Carlos, sin prestarle demasiada atención. Al lado de la iglesia de Lourdes, estaba la habitual patrulla policial—. Flaca, vamos mejor para el Gato que aquí me siento como un niño en una guardería, no falta sino que estos tombos nos pidan la cédula.
Ivana había pasado de prestarle poca atención a directamente no prestársela de ningún modo, en vez de eso miraba los intentos del cuentero por llamar la atención del público. Finalmente, Juan Carlos le agarró el brazo y ella salió de su ensimismamiento.
— Flaca, ¿vamos al Gato o no?
— No sé, Juan, hasta tan allá no creo que vaya. Si quieres nos quedamos por acá cerca un rato, yo igual viajo a las nueve.
— Como sea, pero vámonos lejos de estos policías que ya me están mirando con ganas; no faltaba sino que fueran maricas.
— Tú quédate tranquilo, Juan, de todos modos no tienen tan mal gusto.
— Já, já.
Dentro de una bolsa blanca, en un intento fallido de camuflaje, se encontraba la media botella de Ron Viejo de Caldas. Ivana estaba sentada encima de una de sus piernas en una banca de la plaza, al lado de Juan Carlos. Seguía sin prestarle demasiada atención a sus palabras, a sus gestos, a sus risas espontáneas, pero aburridas. Mientras él le contaba algo acerca de cómo escribir a mano era mucho mejor que en el computador, ella escribía —disimuladamente— un mensaje en su celular.
— ¿Así estoy de aburrido? —dijo Juan Carlos sin obtener respuesta— Ya vuelvo.
Juan Carlos se paró de la banca y sacó un cigarrillo, después de rebuscar su encendedor por todas partes, se acercó a un grupo de jóvenes que habían estado en cuenteros. Cuando volvió dijo: «seguro que esas no tienen vida, flaca». «Seguro, Juancho», Ivana ya había terminado de escribir el mensaje y había leído justo la respuesta que necesitaba para cambiar su semblante.
Desde que Juan Carlos había conocido a Ivana, habían transcurrido exactamente seis años y tres meses, fecha en que había terminado con Hanna. Ese día, Juan Carlos, había ido por primera vez a un bar llamado El Gato, Ivana era amiga de la dueña y estaba en la barra cuando él se le acercó buscando un encendedor, «perdón, es que se me acabó de perder». Ese día en El Gato, Juan Carlos confundió treinta y seis veces a Ivana con Hanna; ese día, Ivana se fumó treinta y seis cigarrillos; ese día, Juan Carlos perdió la guerra con Ivana sin siquiera pelearla; con el tiempo se volvieron amigos por inercia, por no estar solos.
— Vamos por las cosas, flaca, ya va siendo hora —dijo apretándole suavemente el muslo a Ivana—.
En el bus rumbo a Medellín, Ivana pensaba en Camilo, en Juan Carlos, en el aviso de «prohibido fumar», en los cuenteros de la plaza de Lourdes, pero sobretodo en Camilo. Por su cabeza pasaban frases cliché de bienvenida, frases con motivos y sin sentido. Pasaban las frases de películas famosas, pasaban las frases de los Best-Sellers de poesía, pasaban las frases inacabables de Juan Carlos, pasaban las frases de Camilo. Mientras tanto en Medellín, por la cabeza de Camilo pasaban sus propias recriminaciones mientras jugaba billar con Julián.
— ¿Y no le pudiste decir la verdad, entonces? —dijo Julián, acomodándose para tacar la bola.
— No pude, compadre, ¿qué querías que hiciera?
— Que le respondieras que no te jodiera en el mensaje del celular, loco —respondió Julián, pegándole por fin y fallando—. Ah, ¡maldita sea!, ¡por tu culpa!
— Hombre, una cosa es que no le pude decir la verdad a Ivana, otra es que vos no jugués billar —dijo Camilo y tomó un sorbo de cerveza.
Julián sentía pena por Camilo, si bien era su mejor amigo y lo conocía más que a nadie, no entendía su incapacidad de apartarse de Ivana. Ivana, que a los ojos de Julián era una mujer cualquiera, se había enamorado de Camilo, pese a las distancias, pese a su mal humor. Julián, que a los ojos de Ivana era una mala influencia para el bueno de Camilo, estaba preocupado por su amigo, pese a la pena, pese a la buena cara que le intentaba poner a la situación. Dos turnos después, Julián hizo una carambola y rompió el silencio:
— ¿Entonces qué le vas a decir cuando venga?, ¿qué no la querés ver ni en pintura o qué?
— Hermano, no hablés bobadas y, más bien, ayudáme a pensar qué le digo en serio.
— ¿Qué tal si le decís que tenés tuberculosis y no querés que ella te vea morir?
— Julián… ya nadie muere por tuberculosis.
— ¿Y qué tal si le decís que vendiste la colección de discos de Pink Floyd original y estás tan deprimido que te vas a suicidar?
— Hermanito… ella sabe que no tengo una colección de discos de Pink Floyd.
— Decíle que no estás enamorado de ella y punto.
Camilo miró al piso con cara de frustación y tomó cerveza; Julián también tomó cerveza y como arreglando la situación le dio un golpecito amistoso en la espalda
— Entonces estás jodido —concluyó, alzando la mano para llamar a la mesera—, más bien tomáte esa cerveza que se te va a calentar.
Seis horas más de frases y frases en la cabeza de Ivana, seis horas sin poder dormir esperando el anhelado encuentro, seis horas que parecieron diez, quince, cien. Cuando el bus de Ivana llegó a la Terminal de Transportes de Medellín, Camilo estaba esperándola junto a su mejor amigo interrumpiendo lo que, para Ivana, hubiera sido el encuentro más romántico de la era posmoderna.
— Hola Julián —dijo secamente Ivana, mientras se abrazaba a Camilo.
— Hola Ivana —Bromeó Julián, abrazándose también a Camilo.
— Bueno, relájense que hay Camilo para rato.
Cuando entraron al café que Ivana había elegido al azar, los tres tomaron asiento y Camilo sacó una libretita de apuntes, poniéndose los lentes de lectura.
— Mi patria sos vos… —dijo Camilo como esperando una respuesta, mirando a sus dos atónitos acompañantes.
— Sí, ¿qué sigue? —dijo Julián
— No sé, apenas voy ahí…
— ¿Y esa es tu novela? No jodás, me hubieras dicho que te acompañara por Ivana y ya, no me hubieras sentado en esta mesa con falsas promesas —dijo Julián haciéndose el ofendido—. Ahora en serio, leénos la novela.
— Esa es, es que es una novela minimalista; pero ¡no me digan que no está buena!
— Bueno mujer, yo me tengo que ir —dijo mirando a Ivana—. Pobre de vos, ahí te lo dejo, me lo cuidás.
Julián salió del lugar y se despidió por última vez antes de cruzar la calle. Camilo se quedó en silencio mirándola y a ella se le olvidaron todas las frases que había pensado una y otra vez en el camino; para ella la vida había valido la pena por sólo haber vivido ese momento, para él la verdad tenía que ser dicha en algún momento. Ella le tomó la mano por encima de la mesa y él sintió que debía romper el silencio. Finalmente, miró detenidamente su café y dijo en voz baja:
— Estoy muy feliz de que hayás venido para quedarte.
Daniel.
28/05/2009
Reinas, señoritas y demás...
Estoy de buen humor, y es que hoy inicié el día leyendo a un grupo de excelentes comediantes, que, además, casi logran cautivarme con su indudable belleza. Debo confesar que esta mañana estaba realmente preocupado por mi salud, no había dormido en toda la noche y, como si eso fuera poco, había estado medio triste por el final de Padres e Hijos*. Pero cuando a eso de las 5 de la mañana abrí mi correo, toda molestia desapareció, la alegría vino a mí y creo que llegué a despertar a algún vecino con las carcajadas que me produjeron algunos finos extractos de los monólogos de estas grandes comediantes.
Yo nunca pensé que mi tierra, Medellín – Colombia, fuera a dar una humorista mejor que la Nena Jimenez, pero la vida me sorprende cada día y me alegro de haber conocido —por lo menos vía texto— a las diez candidatas a Señorita Antioquia. Después de haber visto una y otra vez la penosa respuesta de Verónica Velásquez —la anterior Señorita Antioquia— de «hombre con hombre, mujer con mujer, del mismo modo en sentido contrario», no le quise dar más oportunidades a las reinas de belleza de Antioquia, pero cuando leí en El Colombiano que «las respuestas pesaban para la corona», no me aguanté la morbosidad y entré incauto al artículo. En la nota del periódico se les formuló preguntas simples acerca de algunos aspectos, entre ellas la segunda reelección de Uribe, la respuesta de la Señorita Antioquia que dejó frustrados a sus profesores del colegio y las preguntas que las podrían meter en problemas en el reinado.
Sin dar más preámbulos, Zuliany Montoya, quien afirma estudiar Negocios Internacionales, respondió: «sobre la reelección de Uribe nosotras no debemos opinar mucho. Si el país lo considera necesario, que se haga lo que la gente pide»; me encantó el sarcásmo, Zuliany, por eso es una elección, la gente elige y, generalmente, se hace lo que la gente pide —por lo menos hasta que el tipo se sube al mandato—. Sara Gómez, dijo, hablando sobre las reinas: «Una reina actual debe ser auténtica. Si no, no es nada»; y yo pensando que una reina actual, primero debía ser reina y luego actual, sin esperar que sea auténtica, pero, no, no es nada, ni chicha, ni limonada. Fanny Valencia no estuvo lejos de Gómez: «¿Una reina actual? La palabra lo dice, es de la actualidad, debe vivir en la vanguardia y vestirse de acuerdo a lo que está pasando»; o sea que los habitantes de la calle que tienen por pijama una cantidad de periódicos son reinas actuales, ya que se visten de acuerdo a lo que está pasando y si bien no viven en la vanguardia, viven con la guardia encima.
De todas las respuestas, que sirvieron de abrebocas a sus prometedoras carreras humorísticas, la que más me gustó fue la de Nathali Quiceno cuando le preguntaron acerca del matrimonio entre homosexuales: «sobre el matrimonio gay no opinaría absolutamente nada. Lo importante es que haya amor»; yo tampoco opinaría nada, pero ellos también merecen casarse para ser igual de infelices a los heterosexuales. También algunas dejaron entrever sus emergentes carreras políticas, por ejemplo Yuerly Betancur propuso indirectamente un referendo —que andan tan de moda en estos días— para aprobar la elección múltiple a la hora de sufragar cuando dijo que «no nos debemos cerrar solamente a un solo candidato»; yo no es que comprenda mucho, pero hasta donde tengo entendido Yurley, eso es precisamente lo que nos toca hacer. Realmente me puse serio cuando leí que Manuela Posada afirmó que era «dedicada e inteligente», pero entendí el chiste cuando remató diciendo: «quiero trabajar más la pasarela porque la quiero sacar perfecta».
En definitiva, pasé un rato muy ameno esta mañana mientras leí siete veces la nota de El Colombiano, y eso que no a mí me da por burlarme de los nombres ya que no es culpa de nadie el nombre que tiene; ni tampoco quise hablar acerca de las carreras y universidades en las que estas candidatas estudian, ya que para ser humorista basta con la universidad de la vida. De hoy en adelante estaré pendiente de todos los medios de Antioquia para no perderme ni una sola actuación de estas jóvenes, ¡realmente prometen!
Daniel.
*Por cierto, para los que no saben qué fue Padres e Hijos, les comento que fue una serie malísima —pero cuando digo mala, es mala en todo el sentido de la palabra; más mala que un asesino neurótico con delirio de persecución en un centro comercial—. Duró 17 años, ¡diecisiete!, y… no, creo que no hay nada más por decir. Yo siempre pensé que Padres e Hijos iba a ver morir a mis hijos, nietos y biznietos; pero ya ven, aquí se confirma que uno no puede confiar en sus propios pensamientos.
Yo nunca pensé que mi tierra, Medellín – Colombia, fuera a dar una humorista mejor que la Nena Jimenez, pero la vida me sorprende cada día y me alegro de haber conocido —por lo menos vía texto— a las diez candidatas a Señorita Antioquia. Después de haber visto una y otra vez la penosa respuesta de Verónica Velásquez —la anterior Señorita Antioquia— de «hombre con hombre, mujer con mujer, del mismo modo en sentido contrario», no le quise dar más oportunidades a las reinas de belleza de Antioquia, pero cuando leí en El Colombiano que «las respuestas pesaban para la corona», no me aguanté la morbosidad y entré incauto al artículo. En la nota del periódico se les formuló preguntas simples acerca de algunos aspectos, entre ellas la segunda reelección de Uribe, la respuesta de la Señorita Antioquia que dejó frustrados a sus profesores del colegio y las preguntas que las podrían meter en problemas en el reinado.
Sin dar más preámbulos, Zuliany Montoya, quien afirma estudiar Negocios Internacionales, respondió: «sobre la reelección de Uribe nosotras no debemos opinar mucho. Si el país lo considera necesario, que se haga lo que la gente pide»; me encantó el sarcásmo, Zuliany, por eso es una elección, la gente elige y, generalmente, se hace lo que la gente pide —por lo menos hasta que el tipo se sube al mandato—. Sara Gómez, dijo, hablando sobre las reinas: «Una reina actual debe ser auténtica. Si no, no es nada»; y yo pensando que una reina actual, primero debía ser reina y luego actual, sin esperar que sea auténtica, pero, no, no es nada, ni chicha, ni limonada. Fanny Valencia no estuvo lejos de Gómez: «¿Una reina actual? La palabra lo dice, es de la actualidad, debe vivir en la vanguardia y vestirse de acuerdo a lo que está pasando»; o sea que los habitantes de la calle que tienen por pijama una cantidad de periódicos son reinas actuales, ya que se visten de acuerdo a lo que está pasando y si bien no viven en la vanguardia, viven con la guardia encima.
De todas las respuestas, que sirvieron de abrebocas a sus prometedoras carreras humorísticas, la que más me gustó fue la de Nathali Quiceno cuando le preguntaron acerca del matrimonio entre homosexuales: «sobre el matrimonio gay no opinaría absolutamente nada. Lo importante es que haya amor»; yo tampoco opinaría nada, pero ellos también merecen casarse para ser igual de infelices a los heterosexuales. También algunas dejaron entrever sus emergentes carreras políticas, por ejemplo Yuerly Betancur propuso indirectamente un referendo —que andan tan de moda en estos días— para aprobar la elección múltiple a la hora de sufragar cuando dijo que «no nos debemos cerrar solamente a un solo candidato»; yo no es que comprenda mucho, pero hasta donde tengo entendido Yurley, eso es precisamente lo que nos toca hacer. Realmente me puse serio cuando leí que Manuela Posada afirmó que era «dedicada e inteligente», pero entendí el chiste cuando remató diciendo: «quiero trabajar más la pasarela porque la quiero sacar perfecta».
En definitiva, pasé un rato muy ameno esta mañana mientras leí siete veces la nota de El Colombiano, y eso que no a mí me da por burlarme de los nombres ya que no es culpa de nadie el nombre que tiene; ni tampoco quise hablar acerca de las carreras y universidades en las que estas candidatas estudian, ya que para ser humorista basta con la universidad de la vida. De hoy en adelante estaré pendiente de todos los medios de Antioquia para no perderme ni una sola actuación de estas jóvenes, ¡realmente prometen!
Daniel.
*Por cierto, para los que no saben qué fue Padres e Hijos, les comento que fue una serie malísima —pero cuando digo mala, es mala en todo el sentido de la palabra; más mala que un asesino neurótico con delirio de persecución en un centro comercial—. Duró 17 años, ¡diecisiete!, y… no, creo que no hay nada más por decir. Yo siempre pensé que Padres e Hijos iba a ver morir a mis hijos, nietos y biznietos; pero ya ven, aquí se confirma que uno no puede confiar en sus propios pensamientos.
14/05/2009
Entrada desde un café internet
Sin café y sin internet en casa, decidido a pagar las cuentas pendientes bien temprano, salí esta mañana. No sé qué raro pasó, pero en estas últimas semanas he estado muy optimista, imagínense que no más ayer pensé que todas las casas del barrio se habían quedado sin luz momentáneamente. Por ese pensamiento inocente me eché a hacer buen uso del horario de siesta mendocino, es decir de las 2 hasta las 6 de la tarde. Pero vaya sorpresa la que me llevé cuando desperté porque en la casa del vecino estaban poniendo música. Inútiles fueron mis intentos por encender la luz. Bonita hora a la que me dio por mirar los recibos pendientes, «si no cancela en los dos días hábiles siguientes, procederemos con la suspensión del servicio», decía y ahora estoy seguro de que no era una amenaza así no más.
Es que todo es culpa de mi mala costumbre de no abrir los sobres que me llegan por debajo de la puerta sino cada vez al mes; como si eso no bastara, no abro todos los sobres, yo sigo siendo así: siempre pensé que me daba mala suerte abrir más de siete sobres en un mes. Este mes abrí siete, tres eran de promociones, uno era de una invitación a un banco y los otros tres eran los recibos del internet, gas y agua, respectivamente. Encima de la mesita de noche dejé un par de sobres más que, pensé, no tenían importancia. Bueno, algo de bueno tuvo esto de quedarme sin luz: ayer me acosté, por primera vez en mucho tiempo, a la media noche, sin aturdirme de música, sin ver videos en Youtube, sin hablar con los escasos amigos que tengo lejos y el que tengo cerca. Me dormí tranquilo, sin angustias, sin miedos, sin necesidades. Pero cuando me desperté a las 6 de la mañana, me invadió un temor: «¿No será que me morí? Esto debe ser lo más parecido a la muerte, incomunicación total del mundo, algo de congestión nasal, 5 grados centígrados afuera y silencio total», pero rápidamente me calmé, era obvio que no podía estar muerto: la congestión nasal no cuadraba por ningún lado.
Imagínense ustedes a un colombianito saliendo de su casa a las 7 de la mañana, abrigado no más por una chaqueta y acompañado con un bolsito donde guarda un par de libros y su cámara —por si la vida le pasa por el lado y no puede enfrentarla—. El colombianito caminando a las 7 de la mañana que, en Mendoza, todavía el sol ni se anima a salir. El colombianito pensando que se levantó sin saber besar y con congestión nasal. El colombianito entrando a un café sin cafés qué servir, ni calor humano, ni calefacción. El colombianito con ganas de desayunar con un café con leche desayuno al lado de su gente. Pobre colombianito —piensa el colombianito— ¿qué hace un simple transeunte que se maravilla cuando encuentra una moneda en la calle, sinó echarse a la pena porque no tiene luz? El colombianito lee los periódicos. El colombiano se abraza a sí mismo cuando sale del café: afuera todavía hacen cinco grados centígrados.
No sé qué soñé para despertarme sin saber besar y con congestión nasal, pero aún así sigo optimista —y sin pagar las cuentas pendientes—. Aún así sigo escribiendo con la esperanza de que hoy aprenda a besar y quite la fea costumbre de abrir tan sólo siete sobres por mes, para así ser un transeunte común y corriente, que no se asombra más cuando encuentra una moneda sin dueño en la calle.
Actualización: El colombianito fue a pagar al banco y se encontró con que había un paro de banqueros. El colombianito se puso triste y luego se tomó un café sin muchas ganas. El colombianito sabe que le espera una larga noche con sus pensamientos; también cree que tiene que comprar velas.
Daniel.
Es que todo es culpa de mi mala costumbre de no abrir los sobres que me llegan por debajo de la puerta sino cada vez al mes; como si eso no bastara, no abro todos los sobres, yo sigo siendo así: siempre pensé que me daba mala suerte abrir más de siete sobres en un mes. Este mes abrí siete, tres eran de promociones, uno era de una invitación a un banco y los otros tres eran los recibos del internet, gas y agua, respectivamente. Encima de la mesita de noche dejé un par de sobres más que, pensé, no tenían importancia. Bueno, algo de bueno tuvo esto de quedarme sin luz: ayer me acosté, por primera vez en mucho tiempo, a la media noche, sin aturdirme de música, sin ver videos en Youtube, sin hablar con los escasos amigos que tengo lejos y el que tengo cerca. Me dormí tranquilo, sin angustias, sin miedos, sin necesidades. Pero cuando me desperté a las 6 de la mañana, me invadió un temor: «¿No será que me morí? Esto debe ser lo más parecido a la muerte, incomunicación total del mundo, algo de congestión nasal, 5 grados centígrados afuera y silencio total», pero rápidamente me calmé, era obvio que no podía estar muerto: la congestión nasal no cuadraba por ningún lado.
Imagínense ustedes a un colombianito saliendo de su casa a las 7 de la mañana, abrigado no más por una chaqueta y acompañado con un bolsito donde guarda un par de libros y su cámara —por si la vida le pasa por el lado y no puede enfrentarla—. El colombianito caminando a las 7 de la mañana que, en Mendoza, todavía el sol ni se anima a salir. El colombianito pensando que se levantó sin saber besar y con congestión nasal. El colombianito entrando a un café sin cafés qué servir, ni calor humano, ni calefacción. El colombianito con ganas de desayunar con un café con leche desayuno al lado de su gente. Pobre colombianito —piensa el colombianito— ¿qué hace un simple transeunte que se maravilla cuando encuentra una moneda en la calle, sinó echarse a la pena porque no tiene luz? El colombianito lee los periódicos. El colombiano se abraza a sí mismo cuando sale del café: afuera todavía hacen cinco grados centígrados.
No sé qué soñé para despertarme sin saber besar y con congestión nasal, pero aún así sigo optimista —y sin pagar las cuentas pendientes—. Aún así sigo escribiendo con la esperanza de que hoy aprenda a besar y quite la fea costumbre de abrir tan sólo siete sobres por mes, para así ser un transeunte común y corriente, que no se asombra más cuando encuentra una moneda sin dueño en la calle.
Actualización: El colombianito fue a pagar al banco y se encontró con que había un paro de banqueros. El colombianito se puso triste y luego se tomó un café sin muchas ganas. El colombianito sabe que le espera una larga noche con sus pensamientos; también cree que tiene que comprar velas.
Daniel.
6/05/2009
Crónicas de un zapato
Yo no sé mucho de la vida, pero sé que soy un zapato. No sólo un zapato cualquiera, sino uno con una verdad revelada. Bueno, para evitar confusiones les contaré, desde el comienzo, cómo obtuve esta revelación; es decir, cómo conocí a «el diestro» y supe qué zapato quería ser. Estábamos cómodos en la casa de Adriana, a punto de ver una película, cuando de repente ella dijo «quítate esos zapatos antes de montarte a la cama». Entonces salí de la comodidad, calentita y apretada, en la que estaba y quedé en el piso, al lado del control del televisor, un par de revistas y un cubo de la basura, cual vil zapato. Como no alcanzaba a ver el televisor, me puse a inspeccionar el lugar. Encontré –además del control, las revistas y el basurero– al zapato que cambió mi vida por completo: «el diestro». La conversación no tardó en darse y me enteré, gracias a «el diestro», que el género de los zapatos no es ni masculino, ni femenino, sino izquierdo y derecho. «¿Entonces eres derecho?», le pregunté en medio de mi aturdido asombro. «No, el derecho eres tú, yo soy el diestro», dijo mientras se pasaba sus cordones por su lengüeta, como si no creyera que yo fuera capaz de comprender. «La verdad soy un zapato izquierdo, pero no me podían poner el zurdo porque la gente me hubiera confundido con una colección de la competencia… bueno, eso, o nos habríamos ganado enemigos políticos», me dijo entre risas, dejándome más intrigado y consternado que antes.
Mientras se seguía rascando su lengüeta yo lo miraba de arriba a abajo –sin salir de mi asombro–, era el zapato izquierdo más extraño que había llegado a ver en mi vida. Bueno, realmente era el único zapato izquierdo que había visto.
Su suela era impecable y todo su cuerpo estaba lleno de líneas y colores radiantes; nunca supe exactamente cuál fue el factor decisivo, pero después de mirarlo detenidamente, era lo más hermoso que había llegado a ver. Cinco minutos y un incómodo silencio después, le pregunté a «el diestro» cómo estaba y él me dijo mirándome fijamente: «como un zapato». Reímos y contamos un par de chistes de zapatos más, mientras la película transcurría. En un momento me preguntó: «Oye, ¿qué tipo de zapato eres?». Le dije que no lo sabía y me preguntó entonces que qué tipo de zapato quería ser. Cuando le volví a contestar que no sabía, «el diestro» me predicó un sermón acerca de que un zapato no podía ir por ahí sin saber qué tipo de zapato era y menos aún sin saber qué tipo de zapato quería ser. «Tienes que aprender que se elige ser zapato, y no de otra forma, porque se da cuenta que hay una misión qué desempeñar en esta vida de zapato. Yo, por ejemplo, elegí ser zapato y hacerme pintar por todos lados porque así hago sonreír a Adriana cada vez que me mira. Definitivamente, uno elige ser zapato, y no de otra forma. Ya, si tu me pides que sea pastilla o palillo de dientes o rueda de carro, yo te responderé que no, que ni demente, porque así no podría hacer sonreír a nadie y, a fin de cuentas, ese es el destino de la vida». Por un momento me entristeció su rechazo, pero luego me alegró saber que se había preocupado por mí y que me había regalado un poco de su sabiduría de zapato.
Hoy recuerdo ese día como el más glorioso de mi vida, porque aunque ese mismo día Adriana y Gustavo terminaron, yo conocí a «el diestro» y obtuve, no lo vine a saber sino después de un tiempo, la verdad revelada sobre los zapatos. A veces, cuando estoy solo dentro del armario, me convenzo a mí mismo que un día Gustavo llamará a Adriana y que «el diestro» y yo nos volveremos a ver y a reír de chistes de zapatos y yo volveré a recibir una lección de zapato sabia. A veces, cuando estoy solo dentro del armario, pienso en sus tiernas y condescendientes palabras de despedida y en lo mal zapato que a veces he sido por no haber sabido qué zapato era, ni qué zapato quería ser. A veces, cuando estoy solo dentro del armario, pienso que en realidad no soy un zapato, sino un descubridor que va por el mundo descubriendo cosas, que va descubriendo cosas como, por ejemplo, la verdad revelada sobre los zapatos, y entonces me animo y hasta se me sale la plantilla de tanta emoción. Hace poco descubrí algo. Sé que es de esos descubrimientos definitivos, con los que uno se queda hasta que se le dobla la suela y lo mandan al cementerio de los zapatos. Hace poco descubrí qué tipo de zapato quiero ser de mayor. De mayor, yo quiero ser como «el diestro».
¿Y ustedes qué tipo de zapato son?
Daniel.
Mientras se seguía rascando su lengüeta yo lo miraba de arriba a abajo –sin salir de mi asombro–, era el zapato izquierdo más extraño que había llegado a ver en mi vida. Bueno, realmente era el único zapato izquierdo que había visto.
Su suela era impecable y todo su cuerpo estaba lleno de líneas y colores radiantes; nunca supe exactamente cuál fue el factor decisivo, pero después de mirarlo detenidamente, era lo más hermoso que había llegado a ver. Cinco minutos y un incómodo silencio después, le pregunté a «el diestro» cómo estaba y él me dijo mirándome fijamente: «como un zapato». Reímos y contamos un par de chistes de zapatos más, mientras la película transcurría. En un momento me preguntó: «Oye, ¿qué tipo de zapato eres?». Le dije que no lo sabía y me preguntó entonces que qué tipo de zapato quería ser. Cuando le volví a contestar que no sabía, «el diestro» me predicó un sermón acerca de que un zapato no podía ir por ahí sin saber qué tipo de zapato era y menos aún sin saber qué tipo de zapato quería ser. «Tienes que aprender que se elige ser zapato, y no de otra forma, porque se da cuenta que hay una misión qué desempeñar en esta vida de zapato. Yo, por ejemplo, elegí ser zapato y hacerme pintar por todos lados porque así hago sonreír a Adriana cada vez que me mira. Definitivamente, uno elige ser zapato, y no de otra forma. Ya, si tu me pides que sea pastilla o palillo de dientes o rueda de carro, yo te responderé que no, que ni demente, porque así no podría hacer sonreír a nadie y, a fin de cuentas, ese es el destino de la vida». Por un momento me entristeció su rechazo, pero luego me alegró saber que se había preocupado por mí y que me había regalado un poco de su sabiduría de zapato.Hoy recuerdo ese día como el más glorioso de mi vida, porque aunque ese mismo día Adriana y Gustavo terminaron, yo conocí a «el diestro» y obtuve, no lo vine a saber sino después de un tiempo, la verdad revelada sobre los zapatos. A veces, cuando estoy solo dentro del armario, me convenzo a mí mismo que un día Gustavo llamará a Adriana y que «el diestro» y yo nos volveremos a ver y a reír de chistes de zapatos y yo volveré a recibir una lección de zapato sabia. A veces, cuando estoy solo dentro del armario, pienso en sus tiernas y condescendientes palabras de despedida y en lo mal zapato que a veces he sido por no haber sabido qué zapato era, ni qué zapato quería ser. A veces, cuando estoy solo dentro del armario, pienso que en realidad no soy un zapato, sino un descubridor que va por el mundo descubriendo cosas, que va descubriendo cosas como, por ejemplo, la verdad revelada sobre los zapatos, y entonces me animo y hasta se me sale la plantilla de tanta emoción. Hace poco descubrí algo. Sé que es de esos descubrimientos definitivos, con los que uno se queda hasta que se le dobla la suela y lo mandan al cementerio de los zapatos. Hace poco descubrí qué tipo de zapato quiero ser de mayor. De mayor, yo quiero ser como «el diestro».
¿Y ustedes qué tipo de zapato son?
Daniel.
P.D.: Dedicado a mi vieja –pero joven– amiga Daniela Giraldo y su naciente empresa de zapatos (sí, es ella la de la foto, pero no, tiene novio y no le gusta dar su correo para que le anden haciendo propuestas indecentes... decentes tampoco). Corazón, mucha suerte. Un abrazo.
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